“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Art. 1
Declaración Universal de los Derechos Humanos

Este año, después de una larga jornada mediática, polémica y política, la Comisión de Justicia y Derechos Humanos del Congreso y quienes la componen archivaron el proyecto de ley de Unión Civil para personas del mismo sexo en nuestro país. Paradójico, ¿no? Una comisión que en supuesto debería velar por las garantías constitucionales que les corresponde a todas las personas que integran este territorio aún sigue haciendo distinciones de ese tipo. Y está comprobado que esta no es la única omisión de derechos humanos de parte de ese Estado que nos “ampara” para la comunidad LGBTIQ.

Yo creo en el amor, en todas sus manifestaciones, para la familia, los amigos, la pareja; el amor por y para la vida. Una vez, discutiendo este tema, me dijeron que mi argumento era subjetivo, pues no medía las posibles consecuencias sociales, morales y culturales que esto podía traer, y yo, simplemente, no entendí. No entendí como el hecho de exigir igualdad de derechos pueda resultar “amoral” y, por el contrario, el hecho de que en este país las vejaciones y asesinatos por homofobia sigan siendo permitidos gracias al vacío legal que las autoridades aún no pueden “rellenar” tan bien como rellenan sus asientos en el Poder Judicial.

Es duro, sí, pero toda esta pequeña introducción tiene el objetivo de recordar lo que significó para este país el levantamiento de la comunidad LGBTIQ y hacer notar de qué manera el cine ha funcionado como un dispositivo para mostrar esta realidad, quizá mundial, en películas como Milk (Van Sant, 2008), Hoy quiero volver solito (Daniel Ribeiro, 2014), Fresa y chocolate (Gutierrez y Tabío, 1994) y, la que convoca  esta columna, Boys don’t cry (Pierce, 1999).

Pese a que es una película con algunos años de antigüedad, vale la pena sacarla de baúl. Una espléndida actuación de Hillary Swam da vida a Brando Teena, un joven transgénero que vive ocultando su identidad femenina, escapando de la mirada de las autoridades, ahorrando para poder obtener la ansiada operación que lo hará migrar de sexo y, en este camino, encuentra amistades y un amor que no podrá mantener.

Hasta este momento, parecería una ficción atractiva. Sin embargo, Kimberly Pierce dirige este film con la veracidad que exige el verdadero caso de Brandon Teena, un hombre transgénero estadounidense que existió en la realidad, que vivió siendo perseguido por las autoridades, rechazado por su familia y pares ante su cambio, eventos que desembocarían en una trágica muerte en el año 1993 en Nebraska.

Sin ánimo de spoilear más, cabe mencionar que hay un estilo honesto desde la narrativa que se expande hasta la propuesta estética visual mientras transcurre la película. Hay actuaciones verosímiles que se encarnan en el entorno social que rodea al protagonista, notándose el cambio de actitud (muy acercado a la realidad) que es provocado cuando el imperativo de heterosexualidad se ve fraccionado con otro tipo de orientación sexual dentro de una sociedad con patrones rígidos que excluyen lo “no establecido”.

Sin sensacionalismo ni morbo, una de las miles de historia sobre la violencia física, psicológica y sexual en un grupo históricamente vulnerado es puesta en la gran pantalla con audacia y sinceridad. Galardonada con numerosos premios cinematográficos, esta es mi recomendación de la semana, una recomendación que tiene doble función: seguir disfrutando del poder narrativo, a veces tan cercano a ser real, que tiene el séptimo arte para poner ante nuestros ojos dramas sociales con tal veracidad, y apuntar en la memoria lo hecho y logrado por la población LGBTIQ, grupo que se encuentra en búsqueda de hacer validos sus derechos en cuanto a temas de salud, seguridad para la preservación de la vida, participación política y ciudadana, educación, bienestar psicológico y social.

Pero en nuestro Perú, no todo esta perdido. Quiero aprovechar este espacio para dar a conocer al colectivo “#Notengomiedo”: un grupo de activistas, artistas e investigadores que buscan promover la justicia social, la liberación y la igualdad de derechos en la población LGBTIQ. Como parte de sus actividades, realizaron un estudio llamado “Estado de Violencia: diagnóstico de la situación de personas lesbianas, gays, bisexuales, transgénero, intersexuales y queer en Lima Metropolitana”, documento que recoge testimonios sobre la violencia sufrida por este sector de la población, y analiza cuales son los agentes perpetradores más comunes, los tipos violencia y los contextos en los que estos problemas han surgido.

Este esfuerzo concertado no puede pasar desapercibido, les dejo el link para que puedan informarse más sobre este tema que nos compete a todos. Cifras y casos para no olvidar.

www.notengomiedo.pe