El secuestro de más de doscientas niñas nigerianas a manos del grupo fundamentalista islámico Boko Haram, ha generado conmoción e indignación en la comunidad internacional. Nuevamente, el debate se circunscribe en los efectos nocivos que suele generar la combinación letal entre religión y fanatismo. Boko Haram es una organización de corte terrorista cuyo objetivo es instaurar un código de conducta, a nivel nacional, que vaya en concordancia con los preceptos y principios morales del Islam, a pesar de que haya población cristiana asentada en el norte del país.

La estrategia de acción desplegada por este tipo de organizaciones suele emplear el terrorismo como medio de presión sobre los gobiernos, de modo tal que gran parte de sus demandas sean aceptadas, y así se logre poner fin a elementos discordantes que van en contra de su ideología, la cual consideran absoluta e incuestionable. Aquel tipo de acciones suele tener mayor éxito en países que ostentan una precaria fortaleza institucional. Por lo tanto, no debería causar sorpresa que el blanco de este ataque haya sido una  población femenina ubicada en un centro educativo (antes lo fueron fieles cristianos). Haríamos mal si realizamos un análisis basado sobre una generalización que indique que toda manifestación del islamismo consiste en un ejercicio de actitudes sexistas y fundamentalistas (de por sí, no existe algo como EL islamismo, concibiéndole como una estructura ideológica monolítica y homogénea); no obstante, las posiciones defendidas por Boko Haram se circunscriben a los sectores más reaccionarios de aquella religión. Debido a que la interpretación de las Sagradas Escrituras por parte de sectores fundamentalistas, le otorga a la mujer un papel estrictamente limitado a labores domésticas y de crianza; resulta aberrante que estas se inmiscuyan en el ámbito público, recibiendo educación y socializando con individuos ajenos a su familia. En gran medida, según una perspectiva propia de los sectores  fundamentalistas, los países que mantienen una tradición islámica han caído en un proceso de degeneración moral a causa de la asimilación de ciertas costumbres occidentales. Con este tipo de iniciativas terroristas, los correligionarios de Boko Haram pretenden infundir el miedo en gran parte de la población, generando que las familias nigerianas sean cada vez más adversas a que sus hijas reciban instrucción académica; la cual, potencialmente, puede debilitar las relaciones de dependencia económica y emocionales de estas. Entonces, de ese modo, las mujeres podrán cumplir el rol que tanto la naturaleza y Dios les ha asignado desde su nacimiento: la sumisa y fiel condición de ser acompañantes de sus maridos, además de ser un eje en el proceso de perpetuación de la especie.

En la mayoría de países occidentales se ha logrado concretar una serie de iniciativas que garantizan la laicidad del Estado. Es decir, en simples palabras, una autonomía de acción entre instituciones públicas y religiosas, de modo tal que lo confesional no sea confundido con el interés de toda una población. Si bien en países como el nuestro, los límites de ambas a veces se encuentran difusos, en países islámicos la situación es aún mucho más crítica. Sobre todo si consideramos que los grupos adversos a la occidentalización y laicización emplean medios violentos para evitar la modernización de las instituciones estatales y de las costumbres de la población. Al principio, la reacción del precario gobierno nigeriano fue ambigua. Después de todo, al parecer, las víctimas se trataban solo de un grupo de niñas. Gracias a la presión de la comunidad internacional, el Estado nigeriano ha emprendido una serie de acciones que pretenden poner fin a esta tortuosa situación. Sin embargo, ante la ineficacia y debilidad institucional, las dudas son múltiples en relación con lo que realmente puede realizar, por sí solo aquel país, el cual no es capaz de ejercer jurisdicción en la mayor parte de su territorio.

Resulta evidente que la intervención internacional se erige como imperativa para solucionar este conflicto, pero aún no queda claro qué tipo de funciones Nigeria se encuentra dispuesta a delegar, de modo tal que no se hable de una violación de la soberanía, rasgo propio de un Estado moderno. Más aún si los extremistas, con los que se tiene que negociar, se muestran reacios a cualquier intervención proveniente de Occidente. Nigeria, a pesar de las ingentes ganancias obtenidas a partir de la venta de petróleo, sigue exhibiendo altos índices de corrupción y de pobreza. Esos rasgos, en combinación con la radicalización de los medios empleados por los fundamentalistas, hacen presagiar un panorama no menos pesimista que el que hoy presenciamos.