La crisis de Venezuela genera opiniones a favor y en contra del nuevo “presidente” Juan Guaidó. Las voces discordantes lo señalan o como agente del imperialismo estadounidense y representante de los intereses capitalistas norteamericanos, o como héroe liberador y representante del verdadero pueblo venezolano que se enfrenta al dictador Nicolás Maduro. Este breve artículo no pretende ahondar en la cuestión de si el gobierno de Maduro o del autonombrado Guaidó es legítimo, ni a ponderar las implicancias del apoyo de uno u otro por parte de las potencias mundiales. Este texto busca ser una ayuda histórica para contextualizar el  accionar de la Comunidad Internacional,  y es que la crisis venezolana es un caso más en una larga lista de sucesos críticos que ha intentado solucionar la ONU a partir del paradigma multilateral que rige desde la caída de la URSS, y más estrictamente, desde las crisis de Rwanda y los Balcanes.

Los bloques armados (China, Rusia y los países del alba contra EE.UU, sus aliados y el resto de países latinoamericanos) ejemplifican una lucha de poderes de la cual viene siendo testigo nuestro planeta desde hace dos décadas. Rusia y China son siempre partidarios del no intervencionismo estadounidense -que causó tantos estragos en el Medio Oriente-, aunque no precisamente porque fueran naciones muy pacíficas (basta observar el trato a los chechenios, la guerra en Ucrania, o las minorías étnicas en China). Su política va en sintonía con su propia ambición de lograr un consenso internacional y un descrédito sobre Estados Unidos para cualquier posible intervención sobre los países que consideran de su influencia particular.

Este escenario ya se ha visto más de una vez. Tomemos, por ejemplo, el caso de Afganistán, que fue invadido por fuerzas estadounidenses luego del ataque a las torres gemelas el 11 de septiembre del 2001. Acusado de encubrir a un delincuente internacional (Osama Bin Laden, líder de Al Qaeda), el gobierno talibán fue sancionado por la ONU a entregarlo o prepararse para las acciones forzosas en su contra; esta declaración significó la resucitación de la OTAN para articular un ataque conjunto contra Afganistán. Sin embargo, aunque el gobierno cayó rápidamente, el grupo fundamentalista talibán se refugió entre sus aliados tribales y aún hoy sigue en pie de lucha para retomar el control del país. Cuando el ejército unido de la OTAN comenzó a retirarse, ellos volvieron a ganar terreno. Con todo, el caso de Afganistán contó con una alta legitimidad en la escena internacional, producto del sentido ataque del 11/S y del virtual desinterés ruso ante el escenario afganistaní (en el que habían desarrollado una guerra por 13 años).

Distinta sería la cuestión con la invasión de Irak. Si en Afganistán la invasión fue legal (al ser consentida por el Consejo de Seguridad de la ONU) y legítima (por el amplio respaldo internacional), la invasión que la OTAN dirigió para derrocar al gobierno de Sadam Hussein en 2003 se saltó el mandato del Consejo (por miedo al veto de Rusia) y la opinión internacional. La intervención se sustentaba sobre la denuncia de posesión de armas de destrucción masiva, supuestamente bombas atómicas, por parte de Irak; sin embargo, finalmente se demostraría que estas eran exageraciones de la propaganda. EE.UU. había preparada el ataque como una forma de demostrar su poderío en el mundo acabando con parte de lo que la administración republicana llamaba el Eje del Mal (Iran, Irak y Corea del Norte en un inicio) que se oponía a los intereses del “mundo libre”. El ataque logró derrocar a Hussein, pero también llevó a la anarquía un país de profundos conflictos étnicos y religiosos, lo que tuvo como consecuencia la formación de más grupos fundamentalistas que terminaron zarandeando aún mas los intereses de Occidente.

Como resultado, los casos de intervención en el Medio Oriente se han convertido en los ejemplos paradigmáticos de la crítica ruso-china en el escenario internacional. El mundo ve con enojo la implicación en territorio soberano, y el eje ruso-chino no solo lo reconoce si no que lo utiliza a su favor. La crítica es la siguiente: la implicación en conflictos internos de otros países lleva a la formación de guerras civiles dificiles de manejar, y a un descrédito mayor de los organismos internacionales y de las potencias implicadas; la solución política al conflicto dirigida por mesas de diálogo con cooperación internacional evita estos problemas, y es una línea de acción que se debe seguir siempre. Ahora, el eje ruso-chino no defiende esta máxima por respeto al Derecho Internacional; con el principio de “Una sola China”, la nación oriental reclama Taiwán, las islas del mar meridonial y el mantenimiento de su dominio sobre territorios como el Tibet; al mismo tiempo, Rusia defiende actuar en favor de sus con-ciudadanos en los países donde estos viven, es decir, a intervenir con la excusa de defenderlos sobre los países de su círculo más cercano (como en el caso de Ucrania o Armenia). Así, completamente coherentes con sus posiciones a nivel internacional, un eje de oposición a las políticas occidentales está siempre conformado para buscar adherentes.

Venezuela es un caso que no ha escalado –y esperemos no lo haga- hasta tales extremos, pero es, de nuevo, ejemplo de la oposición y rivalidad entre las potencias. Esperemos, por el bien del pueblo venezolano, que sus problemas no los resuelvan en una mesa de juego mundial, si no ellos mismos, por votación, por diálogo o por protesta, sea lo que sea que elijan, pero sin sufrir ningún tipo de intervención. Ahora, es cierto que Rusia, China y otros países apoyan esta opción, pero no hay que fiarse de ninguno, ya que en el Sistema Internacional todos los países están enfrascados en la misma lucha de poder.