Bateaux Pleurs

Continúan lloviendo barcos
de las comisuras
de mi Alma

logro restregarme con el borde de una manga sucia
—q u e h u e l e a s a n g r e—
trato de no pensar en
a que inocencia perdida pertenecerá

estuve huyendo-

i en mi camino a través de los senderos heridos
me topé con una escena que aún tiembla
en Mi
Memoria

aún estoy huyendo-

NUEVE GRANDES BESTIAS
/que profesaban palabra santa/
se inclinaban sobre un pequeño cordero desnudo
chorreaban saliva
se relamían la impaciencia
i rezaban un salmo que alejaba las miradas que los acechaban

i aquí estoy aún huyendo-

no logro comprender por qué a pesar de que mi Alma
/que sigue llorando barcos/ grita con toda la fuerza de
sus pulmones tatuados con nicotina, una misteriosa presión de
plata en la garganta me mantiene afónico—

Solo sé callar i huir. Esa es mi cruz.

 

Autor: Nicola J. Sabroso Palomino

 

El cerro de la tempestad

En un lozano valle en la serranía sur del Perú, una extendida leyenda mística genera respeto y devoción entre sus habitantes. Cuentan los entendidos, de mayoría senil, que el cerro que guarda la laguna que provee al pequeño valle responde con sabiduría e iluminación al llamado de quienes ofrendan los frutos más preciados de la Pachamama. El apu o cerro Razuhuillca es acudido frecuentemente cuando cunde la desgracia, la necesidad o la incertidumbre. Sus mensajes los descifran unos pocos, sus consejos los acatan todos.

En este mismo valle, que alguna vez Raimondi bautizó como la Esmeralda de los Andes, los niños del pueblo suelen pasar las soleadas y despejadas tardes de verano recolectando vainas de tara, una leguminosa de tonalidad granate que crece en espinados árboles y que colma los hogares y las tierras del valle. El acopio de tara es luego vendido para comprar dulces y pequeños cachivaches.

Mariano, un niño díscolo y avispado, es conocido por despojar los árboles más empinados y recónditos del valle que a la vez guardan la mayor cantidad de vainas rojas. En sus excursiones en busca de este fruto, a Mariano siempre lo acompaña su diminuto y fiel perro, Yanapupucha, quien debe mucha de su apariencia a su copioso pelaje negro y rizado que disimula su escualidez. Yanapupucha, quechua para ombligo negro, debe su excentricidad y también su nombre a una notoria mancha oscura que contrasta con su abdomen rosa. No obstante, todos prefieren llamarlo Max. Vaya a saber por qué. De cualquier forma, todos en la familia de Mariano lo miman, especialmente la madre, pues es ella quien lo encontró perdido cerca a su casa.

Durante una anubarrada tarde, el cachorro se rehusó a seguir a Mariano. Las nubes oscuras y los truenos espantaban terriblemente al animal. Las tormentas y los días soleados alternan durante el verano en este singular valle. Al notar la negación de su compañero, el niño decidió emprender su recolección por su cuenta. Mientras se disponía a salir de casa, se percató de una pequeña rendija en la pared del patio que el agua había tallado al disolver un ladrillo de tierra. No le prestó mayor importancia e inició su recorrido en busca de algún árbol de tara cargado de vainas maduras. Luego de una considerable caminata y una vez hallado el objetivo, trepó el árbol con gran habilidad e intrepidez y lo despojó rama por rama sin ser agujereado por las defensas de la naturaleza. Satisfecho y con el botín en un costalillo negro, enrumbó de vuelta a casa antes de que el ocaso y la lluvia lo sorprendieran.

Se iban ya difuminando los últimos vestigios de luz cuando el pequeño bribón se topó con la madre en la puerta de su casa. Rápidamente la madre notó la inusitada ausencia de Max. Mariano anticipó cualquier pregunta y atinó a afirmar que el can no lo acompañó y que había permanecido en casa. Tras entrar en ella y descubrir que no se encontraba en el pellejo de oveja en el que siempre se acogía durante las tormentas, el rostro del niño dibujó un gesto de desasosiego al recordar la abertura en el muro del patio. Sabía que debió haber huido por ahí. Sin cavilar demasiado, madre e hijo partieron en búsqueda del entrañable animal. Los vecinos no daban cuenta de él. El pueblo no era muy grande, pero las calles encubrían sigilosos escondrijos. El animal tampoco podía haber ido muy lejos. Después de todo, era muy pequeño para recorrer una gran distancia.

La búsqueda se prolongó hasta el día siguiente. Nadie lograba dar con el rastro del perro extraviado. Los caminos se hallaban inundados y el frío gélido hacia insufrible el estar a la intemperie. Visiblemente desesperada, la madre de Víctor decidió recurrir a un método más insólito.

No muy lejos de casa, un pasaje fangoso y movedizo confluía a una plantación de maíces. En ella, una morada vetusta acogía a un hombre longevo a quien la senescencia ya había dejado sus estragos en su aspecto. La madre tocó la puerta tímidamente, el viejo abrió casi de inmediato. Fue suficiente percibir el aura de melancolía en la mujer para que el hombre supiera a qué venía. La invitó a pasar a un cuartito escasamente iluminado por una pequeña ventana. Se alcanzaba a ver la silueta del apu Razuhuillca desde ahí. Sobre una mesa, el viejo, esparció un puñado de hojas de coca; prosiguió con unos rezos y, luego de un breve silencio, habló.

Max estuvo a buen recaudo la noche anterior. Alguien lo refugió durante el aguacero. No había dejado el pueblo, pero se tenía que encontrarlo cuanto antes ya que, al igual que el apu, el cielo advertía un nuevo ventarrón.

Mientras recorría los alrededores de la comarca con la madre, Mariano no dejaba de lamentar entre sollozos la pérdida de su compañero. La madre trataba de confortarlo y subirle el ánimo cuando irrumpió una tímida llovizna. Tras largas horas de búsqueda, emprendieron el retorno a casa, exhaustos y con la moral mancillada,

Cuando los truenos y relámpagos terminaban de configurar la tormenta, un gato negro, notoriamente empapado, observaba caminar a madre e hijo a la distancia. A penas lo notó, Mariano se detuvo y se le quedó viendo extrañado por un momento. La lluvia se hacía cada vez más intensa. La silueta de una mujer se combinaba con la del felino. Estaban inmóviles en medio de un antiguo camino de herradura que lleva a Razuhuillca. La mujer se dio vuelta y siguió el camino. Apenas vio a la mujer alejarse, el gato se echó a correr hacía la madre y su vástago. Con cada zancada que daba se percibía más un agudo chillido quejumbroso. La proximidad del animal delataba unas orejas caídas y un aullido reprimido. Aparentemente, no era un gato.

 

Autor: Franco Taipe