Estoy aquí, en la sala de ginecología; me acabo de comer un wafer que mamá me trajo, es la ansiedad, y sí ella me va a acompañar. No puedo evitar sentirme intranquila con tantas embarazadas alrededor, con la compañía de mi mamá y por las consecuencias que puedan resultar. No vengo con mamá a este tipo de consultas desde que estaba en el colegio, en casa nunca me han enseñado educación sexual que no sea la abstinencia y cada vez que verbalizaba mi deseo de venir, éste era tomado como una locura y lo acompañaban con gestos despectivos al respecto.

La última vez que vine por mi cuenta a que me revisen la vagina fue probablemente en el 2014 con la doctora de la universidad. Grave error; fue una experiencia desastrosa, porque fue muy prejuiciosa e hizo comentarios fuera de lugar sobre mi quisquillosidad con el espéculo, porque si por ahí ha entrado un pene no había razón para que hiciera tanto barullo. Y sí la hay, porque cuando yo decido que un pene entre por mi vagina es porque así lo quiero y por ende está excitada, lubricada y cómoda con eso; en cambio, no estaba acostada nerviosa y asustada.

Sigo aquí, pasan las embarazadas; me pesan y toman la presión. No puedo evitar pensar en lo que hago aquí, en lo necesario que era venir; sin embargo, no se va esa sensación de nervios en las tripas. Es mi turno. Tengo 26 días de retraso, estoy casi segura que es algo hormonal. Sin embargo, por mi mente pasan todas esas veces que me hice una prueba de embarazo por si acaso, todas esas pastillas tomadas irresponsablemente, toda la necedad de tener que usar condón, y con mayor importancia repaso una y otra vez mi última relación sexual que casi ni recuerdo pues fue hace un par de meses.

La doctora es mayor, incluso más que mi abuela o eso parece. No emite ningún gesto que no sea rutinario. Así como no tomo ningún anticonceptivo tampoco me he hecho un papanicolau*, he sido descuidada; ya debería estar por el tercero. Sigo nerviosa pero más por mamá, igual hablo sin tapujos.

Me desvisto, me acuesto, estoy vulnerable y me hacen preguntas que no quiero contestar, no vienen al caso; me tocan los senos, me duelen. La verdad es que estoy anonadada, cada paso me sorprende porque no tengo idea en sí de todo lo que implica el examen. Piernas abiertas que tiemblan, me ponen el espéculo. “Uno casi virginal”, en palabras de la doctora. No se siente; toman la muestra y con mucho lubricante me palpa por dentro.

La doctora ni se inmuta, tampoco me dice si hay algo malo. Ahora toca la sangre y regresar en unos días para ver resultados y hacerme todas las pruebas posibles. Cuidarse es durísimo, pero sería aún más duro tener algo por ser descuidada conmigo misma; igual esto es sólo el primer paso.  ¿Y cuántas de ustedes ya se hicieron uno?

*Prueba diagnóstica que permite detectar alteraciones en las células del cuello del útero antes de que se desarrolle el cáncer. Se recomienda realizar uno anual por tres años consecutivos desde tu primera relación sexual y luego cada cinco años.

**Imagen por Mariana Motoko.