Tres días antes de las elecciones en Francia, un tiroteo se dio en los Campos Elíseos de París. Antes de un partido de fútbol internacional entre un equipo alemán y otro francés, se sintió una terrible explosión en el bus que transportaba a uno de los equipos. Cerca del Parlamento inglés, otra muestra de terror se hizo evidente a los ojos del mundo. El terror y su manifestación directa, los atentados, acapararon todo el planeta. No obstante, solo se pueden ver si es que se han dado en lugares específicos, lugares en los que no es normalizado esto. Los terroristas lo saben bien: un atentado es un espectáculo. Deja expectante a la gente que consume las noticias. La forma más notoria de hacer ver este espectáculo en tanto opaca otros espectáculos: elecciones, partidos de fútbol, un Parlamento, etcétera. El terrorista sabe dónde atacar y sabe, también, en dónde generará más presión, desesperación. El terrorismo, justamente, crea una lógica de desesperación porque, cuando se le espera, ya no asusta. Es más, se le puede esperar, incluso, ya con medios de defensa. Esto nos pone en un escenario mundial bastante particular: los terroristas, tanto los individuales como las agrupaciones, quieren desesperar y tentar a los asustados a atacarlos en respuesta. Las tentaciones se dan en los eventos y lugares más importantes del mundo como los que ya mencioné dos veces. La desesperación, sin embargo, no se ha dado de la misma manera en todos los países. No ha habido un caos social. No ha habido, al menos en este último año, un intento grandioso (de “grande”) de guerra internacional. ¿Qué quiere, pues, decir esto? La tentación de los atentados no ha causado siempre, y quizá ahora menos que antes inclusive, el nivel de desesperación esperado (otro juego de lenguaje) por los grupos terroristas. El objetivo de esta breve entrada será observar, aproximadamente, cuáles son los probables escenarios próximos a partir de esto: ¿nos espera una progresiva solución o nos espera, por el contrario, un progresivo “desencantamiento”? Para responder, quiero recurrir a dos grandes filósofos europeos de la Ilustración: el alemán Immanuel Kant y el francés Jean-Jacques Rousseau. Sus proyectos filosóficos se centran, en parte, en la naturaleza humana y el desarrollo de la historia, pero tienen puntos de vista casi opuestos en cuando a lo que depara el futuro.

Una progresiva solución del problema implica, directamente, dos conceptos centrales de la idea de futuro: progresivo viene de progreso y progreso viene a significar, para este párrafo, al menos, una transformación constantemente mejorada de algo; y solución tiene que ver con un problema previo: en este caso, los conflictos entre países y el terrorismo. Immanuel Kant ya había pensado esto hace más de doscientos años. Este filósofo ilustrado enamorado de la idea de razón como fundamento de toda acción humana creía en el progreso de todos los ámbitos de nuestra humanidad: económico, científico, racional, pero también político y moral. Con el progreso racional de toda la humanidad, el progreso iba a darse, necesariamente, en el resto de ámbitos. A su vez, y tomando a los iusnaturalistas y contractualistas, idealiza él una federación política de Estados en sus pequeños escritos “Sobre la paz perpetua” y “Idea de una historia universal en clave cosmopolita”. Aquí escribe que sí se puede organizar un sistema que beneficie a todos los estados en tanto ellos cooperen entre ellos no solo por su supervivencia (la famosa Realpolitik), sino también para mejorar su condiciones internas y relaciones externas. Este progreso entre Estados daría paz y eliminaría la guerra. Kant está convencido de que, por miedo de la razón, se podrá traer el “reino de Dios” a la Tierra. El progreso es, entonces, una escalera al Cielo o, más bien, una manifestación del Cielo en la Tierra. Para aplicar esto al tiempo actual, deberíamos considerar que hoy existe una cantidad enorme de organismos supra-estatales que hacen de las relaciones entre países algo que, incluso, podríamos llamar “seguro”. El terror se disminuye y, a veces, es solo nacional o de grupos pertenecientes a un Estado sin tener que ser, de manera necesaria, el Estado completo. Además de esto, un refuerzo para el argumento de una progresiva solución sería, lógicamente, la actitud de respuesta tan tranquila al terror. Claro: el terror no es, en sí, “esperable”, pero uno ya está preparado y no se desespera. Como vimos en una entrada anterior, el terror se vuelve un sinsentido. Sin sentido, el terror deja de existir. La progresiva solución, en suma, sería un conjunto de prudencia y tranquilidad frente a las adversidades desesperantes y un sistema supra-estatal que fiscalice la seguridad de los pueblos.

Pero todo no era color de rosas en la Ilustración; más bien, Jean-Jacques Rousseau creía que todo el progreso técnico, científico, racional de la sociedad la había conducido a una degeneración progresiva de la naturaleza humana. No habíamos mejorado con la mejora de todo; hemos, por lo contrario, empeorado por la mejora de todo. El hombre natural pre-social rousseauniano era bueno y feliz. Los inventos nuevos y la creación de la sociedad lo han corrompido de tal manera que ahora tiene que buscar el camino de solucionar las cosas. Esta solución, para fines de este párrafo, no la mencionaré; quiero, por otro lado muy distinto, centrarme en el problema. El problema se produce, como ya dije, por una degeneración o constante depauperación y un progreso de esta o un aumento. Algo, entonces, que es constante y que, en su constancia, aumenta es un tipo lógico de grave problema. Pareciera inevitable y necesario (que no puede ser de otra manera). Esto también se puede relacionar, entonces, con los tiempos contemporáneos. Una implicancia directa de la depauperación constante de la humanidad es que uno se acostumbra a ver como normal lo dañino, que, a veces justificadamente, es anormal. Si el terror se normaliza, el Reino Unido, por ejemplo, puede demostrar el pueblo en respuesta una falta de miedo. Esta falta de miedo puede conducir a veces a ataques varios y constantes cada vez más serios. No hay nada malo en la reacción de seguir con la vida normalmente; la interpretación de los terroristas sí podría, no obstante, hacer leña esta dureza de los atacados con ataques muy especializados e intensificados. En este caso, nos sería posible pensar en términos de degeneración progresiva. En resumen, significaría este una falta de paz internacional, un fuerte sentimiento de nacionalismo que rompa entidades supra-estatales y que desemboque en una durísima guerra tanto en contexto externo como interno.

Sea como fuere, el panorama nos deja un desconocimiento. No conocemos lo que viene y por eso todo esta entrada ha sido conjeturada, además, con filósofos del siglo XVIII que han tenido una visión futurista que, aunque aparentemente haya sonado siempre excluyente, es complementaria. Somos un poco kantianos y un poco rousseaunianos. El paraíso es el infierno y el infierno es el paraíso. Vamos a ver por qué lado lo llevamos. Eso dependerá de la tentación que nos causen estos atentados.