El jorobado de Notre Dame no es cualquier película de Disney. Ojo que, a priori, podría parecerlo. Tiene escenas animadas con color y exuberancia, conduce la historia a través de números musicales y una historia moral, nos presenta secuaces —tres gárgolas— que hacen de contrapeso cómico al drama del film. Estos, sin embargo, son apenas detalles. De arranque, el adaptar la lastimera y trascendental obra de Víctor Hugo involucra, por partes iguales, riesgo y disrupción. A fin de cuentas, estamos ante una historia de marginalidad, de rechazo: un hombre con “deformidades” que se enamora de una gitana, siendo ambos perseguidos por un sádico moralista. Tal premisa, claro, implica apostar por realismo y tragedia. Necesita que la audiencia abandone sus prejuicios —sobre todo, los “de Disney”— y se atreva a ver el film con tolerancia y empatía. Bien. Estamos ante muchos elementos difíciles de concertar. De alguna forma, lo hacen, y con maestría. Seguimos preguntándonos por qué. Disfrutamos de la respuesta.

Aquí tenemos una primera pista: El jorobado… no es una película para niños, al menos, no de la forma en la que pensemos en películas así. Estamos malacostumbrados, y en buena parte por Disney, a pensar en este cine como un arte que omite, como una herramienta limitada, con elementos que, por su naturaleza, no pueden convivir con la infancia. Craso error. Si bien hay sujetos y temáticas incompatibles con infancia, tal restricción es bastante escasa. La mayoría de temas que valen la pena ser contados, de una forma u otra, son parte de esta etapa inicial. Pensemos en la violencia, en la muerte, en el albor sexual, temas de los que ningún niño con una vida medianamente “normal” podría escapar. El asunto, entonces, no está en qué se cuenta, sino en cómo se hace. Para que un niño entienda el odio —y su arma más filuda, la culpa— o el mismo sexo, se necesita de herramientas: fábulas, recreaciones, alegorías. Finalmente, comprensión y apertura.

Lo primero que hace El jorobado es mostrar de forma franca los contrastes: las contradicciones de la sociedad, la necesidad de sectorizar unos de otros, el poder como ejercicio de vulneración. Solo en un mundo así alguien como Quasimodo —afable, atento y trabajador— tendría que vivir encerrado en el campanario, con la piedra como única compañera. Es, además, un mundo en el que la otredad, por razones arbitrarias, cobra fuerza. Los gitanos, detestados por el juez Frolo, no parecen distintos al resto: son amables, juguetones, creativos. Tipos cualquiera. Aun así, parecen desterrados de la aceptación popular, relegados a ser bufones o criminales. La sociedad francesa, con su marcada influencia católica, ha decidido dejarlos de lado.

Vemos, así, el marcado contraste entre dos catolicismos: el de la compasión y el de la rectitud. El de la compasión es el credo del fraile, quien, en pocas escenas, se ve como un hombre decidido a proteger a los desvalidos, o a creer que Notre Dame puede y debe hacerlo. El de la rectitud, por supuesto, parece más convincente, porque tiene a su favor el miedo: el miedo al “pecado”, al desvarío y perdición. Es el discurso de Frolo, su excusa para perseguir a la bella Esmeralda y la razón por la que encierra a Quasimodo en el campanario: el mundo es un lugar horrible y él no debe ser expuesto. Vemos que, para Frolo, Quasimodo es una carga: huérfano por los excesos del juez, quien debe hacerse cargo de su crianza por más que le detesta, al ser, pues, un “otro”.

Aquí viene otro elemento central en la culpa: la represión. Dentro del estricto panorama católico, la sexualidad no puede ser liberada: es una mancha por quitarse, una carga que llevar sin disfrute. El discurso de “recato” —que cobra fuerza con la imagen mariana y pura de la mujer— es buen ejemplo de ello. Tal represión cobra fuerza en Frolo. Frolo es como cualquiera: alguien que desea, que se estimula. Tiene, además, la ventaja/desventaja del poder: la posibilidad de ejercerlo para cumplir con sus placeres, pero bajo la irresponsabilidad de verse como un ídolo fallido para la comunidad. Consecuentemente, Esmeralda, con su belleza “impura”, puede con él.

En esa contradicción, Frolo canta “Hellfire”, una de las escenas más escalofriantes en un film animado, con ánimas de fuego haciendo de jueces de sus acciones. Al final, elige el camino sencillo: no enfrentarse a sus demonios, sino quemarlos.

Aquí, sin embargo, la culpa se enfrenta a su enemigo natural, la redención. Como estados de ánimo contrapuestos, la culpa implica vivir atormentado por los pecados, mientras que la redención implica reconocerlos y hacer algo con ellos. Es la redención del oficial Febo, hombre de confianza de Frolo, quien, en otra escena delirante, decide no quemar la casa de quienes “ocultan gitanos”. Misma redención en Quasimodo, quien deja de atormentarse por quien es y decide ir a salvar a su amada, por más que ello le cueste todo.

Todo se va hilando hasta esa escena, de las mejores de los últimos años: Quasimodo rompe sus cadenas —literalmente— y se lanza a rescatar a Esmeralda de una quema pública. La lleva al campanario y, ante la mirada atónita del resto, clama asilo. Notre Dame, símbolo de la compasión y solidaridad de la Virgen, se contrasta con el fuego de la ciudad, el odio de los humanos.

Tal escena nos derrumba.

Debemos darnos cuenta que estos elementos, sin embargo, nunca se dicen, solo se intuyen. Un film como este se las arregla para escarbar en temas complicados sin dejar de lado su audiencia objetiva. Nos presenta personajes honestos y fáciles de empatizar, un villano creíble, una sociedad que, con sus prejuicios y el odio, se parece mucho a la nuestra. Tiene, a su vez, un tono peculiarmente solemne: coros angelicales, una animación brillante y discursos religiosos.

Sigue siendo un film para niños. Seguimos cantando y riéndonos, pero, esta vez, sin tanta condescendencia, con un poco más de honestidad. Seamos claros: cualquier niño puede saber qué es el odio, la intolerancia, el rechazo. Pero también saben qué son el amor y la aceptación. Quiero creer que les sale natural. El jorobado nos lleva a eso.

Notre Dame nos guía. Nos perdona.