Cine y gente: simbiosis narrativa, necesidad compartida y sinérgica. Lo anunciaban Vertov y Eisenstein, figuras notables de la época muda: el cine, como arte de masas, tiene una responsabilidad particular para profundizar en temáticas sociales, meter el dedo en la llaga, cuestionar —como es el principio disruptivo del arte— el mundo en el que vivimos. Es, pues, narrar las historias de aquellos constantemente olvidados por un arte de élites, un arte de pocos.

Hartos de las historias personales e individualistas —según ellos, insignificantes—, los creyentes de esta teoría harían de sus filmes un testimonio vívido de la gente de a pie, una prueba sin filtros de la vida tal y como es. Así llegaron otros tantos —desde el neorrealismo italiano hasta el cine indie americano— con esa misma vocación: filmar a los marginados, a los pobres y obreros, a la gente que sostiene al sistema y no recibe reconocimiento alguno. Bien, aquí unos ejemplos alrededor del globo de ese cine social, a ratos honesto y a ratos iracundo: testimonio, protesta, panfleto.

Argentina: Elefante Blanco (2012) – Sobre las villas miseria

Pablo Trapero es un conocido cineasta “de barrio”: sus filmes inciden en todos los estragos del contexto liberal argentino: el sistema penitenciario, el sistema de seguros, etc. En “Elefante Blanco” nos ofrece una historia sobre las buenas intenciones: dos sacerdotes que buscan desesperadamente salvar a las comunidades pobres de Buenos Aires —las villa miseria— de un destino de sufrimiento e injusticia. Las buenas intenciones, según Trapero, no son suficientes: nos presenta una historia trágica, una en la que fe y lucha social se entremezclan, se confunden y dejan una agridulce sensación de esperanza. Es una esperanza ingeniosamente ejemplificada en el “Elefante Blanco”: hospital nunca finalizado de construir.

La escena: El padre Julián enfrentándose a la arquidiócesis, rogando mayor intervención de la iglesia en la vida de los pobres.

España: También la lluvia (2010) – Sobre la lucha por el agua

Si Trapero representa al cine social argentino, mismo rol asume en España Iciar Bollarín: comprometida con causas sociales como el feminismo o la justicia social, Bollarín filma una historia política con un twist: cine dentro del cine, cine que refleja la realidad. Mientras un crew filma una película sobre los abusos de Cristóbal Colón con los indígenas bolivianos, los extras del filme toman las armas para protestar por la ausencia de agua en sus localidades. Aquí se yuxtaponen ficción histórica y realidad ficcional; al final, el abuso de las élites y la necesidad de resistencia parece trascender tiempo y espacio.

La escena: Las tomas contrapuestas: Colón torturando a los indígenas mientras Bolivia se cae a pedazos por las protestas.

UK: I, Daniel Blake (2016) – Sobre subsidios sociales

Si Iciar Bollarín hace cine social, lo hace por su “mentor”: Ken Loach, reconocido cineasta inglés, fundador de un partido socialista, defensor de derechos fundamentales. Con Daniel Blake, Palma de Oro, Loach nos muestra una historia de empatía y compañerismo, una relación inesperada, basada en la necesidad y en el afecto. Naturalista, divertida y honesta, el film va desde lo individual a lo general: nos comprometemos con la vida de esta gente pobre y nos enfurecemos ante un Estado que hace poco por apoyarles, reduciendo pensiones indiscriminadamente.

La escena: El acercamiento entre Daniel y Katie, de forma honesta, marcada por el inglés machacado de los suburbios y la relación padre-hija que sutilmente nace entre ambos.

Francia: 120 pulsaciones por minuto (2017) – Sobre la guerra contra el VIH

Robin Campillo también apuesta por el compañerismo y la naturalidad, esta vez, desde el desenfreno juvenil y la desesperanza de la crisis del SIDA. Narrando la historia de activistas en favor de los derechos de los enfermos, esta historia no se mueve por un protagonista: prefiere a la masa sin rostros, las conversaciones cotidianas, un ritmo frenético y una historia fresca, de los marginados, para enseñarnos los estragos de un sistema egoísta y demasiado conservador.

La escena: El grupo de combate irrumpiendo en los headquarters de una poderosa farmacéutica, llenado de sangre las paredes e intimidando a quienes rechazaron su cura.

Rumania: 4 meses, 2 semanas y 3 días (2007) – Sobre el aborto libre

La naturalidad puede venir de un solo día: Cristian Mungiu ofrece una visión inquietante, frenética y desesperada de dos mujeres que no tienen opción sino la de recurrir a un aborto clandestino. Filmada en una desesperante paleta de colores teñidos de gris y con la cámara entrometiéndose en recovecos, esta historia pide a gritos empatía, hace que uno sea parte de esta odisea urbana, te hace ver atrás y pensar en las tantas mujeres que tuvieron que enfrentarse a un aborto inseguro y problemático. Cada segundo cuenta, cada fotograma cumple con su propósito.

La escena: La dolorosísima, larga y explícita escena de aborto, con toda la tensión propia de su naturalismo y de las actuaciones de los protagonistas.

Chile: No (2012) – Sobre la transición democrática

No quiere que nos introduzcamos de lleno al Plebiscito que derrotó al sanguinario dictador Pinochet en Chile. Para ello, Pablo Larraín dirige con simpleza y familiaridad: filma en formato de videocasete ochentero, escribe un guion de jergas y conversacionescomunes, y nos demuestra que el cambio social lo hace gente de a pie: publicistas, activistas, políticos de saco y corbata que todavía creen en la libertad y la justicia. Nos presenta, además, un testimonio de un país dividido: “Sí” y “No” no dependen de palabras, sino de convicciones, tradiciones, de fe.

La escena: La filmación de los comerciales o la muchedumbre cantando; sea como sea, cualquier toma que incluya al “Chile, la alegría ya viene”, arenga sencilla, imponente, necesaria.

EEUU: BlackKklansman (2017) – Sobre el conflicto racial

Spike Lee es también político, pero un político confrontacional, preparado para la guerra. En este caso, guerra racial: un policía negro y otro judío que se hacen pasar por ultraderechistas del Klan para llevarlos a prisión. Con mucho estilo —música, montaje rápido y humor— Lee ofrece un film para las masas, una tragicomedia sobre la identidad afroamericana en tiempos de conflictos. Estamos, entonces, ante una guerra inconclusa —por cierto personaje de tupé en la Casa Blanca— y la mejor forma de pelearla es abrazar el pasado, por más doloroso que sea. Lee se encarga de engancharnos, enfurecernos: decir black power, creerlo.

La escena: La poderosa e inquietante interjección entre ficción y realidad; odio racial en los 60, realce de la altright en los 2010: finalmente, nos recuerda que la lucha no termina.