Hoy estoy realmente emocionada porque les hablaré de alguien muy especial para mí. Estoy segura de que las personas que me conocen sabrán de quién estoy hablando:

Ella es Dasi. Tiene aproximadamente 2 años y 3 meses. Estuvo conmigo desde los 20 días de nacida: cuando todo su cuerpo cabía en el puño de mi mano. Era demasiado pequeña y ni siquiera tenía dientes. Una rareza extraña, un animal exótico, que no pudo conquistar mi corazón al principio. 

Un día, mientras navegaba por una página de Facebook de la PUCP, encontré un post en el que una chica la puso en adopción debido a que no contaba con el espacio necesario dentro de casa para poder mantener a cinco cachorros y a la madre. Recuerdo que varios alumnos se peleaban por ella. Cuando la vi, no me causó nada de gracia, pero estaba segura de a quien sí le encantaría tenerla. Mi abuela venía soñando desde tiempos inmemorables tener un perro pequinés o, bueno, el intento de ello, razón por la cual decidí jugarme por el cupo. Mi madre, cuando vio la foto de la cachorra, era pura baba. Insisto, yo en realidad no entendía el encanto que tenía aquella pulga. Tanto fue la insistencia de mi madre al obtenerla -para dársela a mi abuela- que jugué con más entusiasmo mis cartas. ¡Y lo logré! Acordé día y lugar de encuentro para recogerla. Me la dieron en un bolso, tapada con una toalla fucsia. Parecía una rata mojada. ¡Cómo olvidarlo! 

La dueña estaba preocupada, no sabía si estaba haciendo lo correcto. Para tranquilizarla, fingí mucho amor y baba hacia la pequeña. Cogí mis cachivaches y antes de irme, la chica me detuvo y me dijo: “Por favor, cuídala bien. Dale leche en biberón porque aún es una bebé. Y mándame muchas fotos de ella cuando puedas”. Con esas palabras recién pude entender su dolor. Yo tenía un perro para en ese entonces, se llamaba Daker- sí, se llamaba, en pasado.  Era un osito: pequeño, gordo, peludo y blanco. Lo amaba demasiado y era el centro de atención de la casa. Con la llegada de la nueva integrante, las cosas cambiaron, todo era ella. Me llenaba de indignación. Solo quería que venga mi abuela y se la llevara, pero era imposible. Ella vive en un pueblo cercano a Chimbote. Se suponía que ella vendría a los días que me entregaron a la pulga (nombre que le puse a Dasi desde un principio), pero gracias a ciertos problemas familiares no pudo llegar en el momento establecido.

Los días pasaban, Daker estiró, se volvió grande y muy cochino. Orinaba a cada persona que llegaba a mi casa. Comencé a odiarlo. Peleaba mucho con Dasi, le pegaba, le quitaba su cama, la comida, sus juguetes… Supongo que la falta de atención lo volvió así. La única que le prestaba atención era yo y eso cuando podía porque la universidad se comía grandes horas de mi agitado día.

Una tarde llegué a casa y Daker ya no estaba. Habían dejado la puerta abierta de mi casa y el perro huyó. Nunca más regresó. Lo buscamos por días, pero no supimos nada de él. No le di el luto necesario a mi perro, era época de parciales y solo tenía la cabeza centrada en mis cursos. Mi abuela seguía sin venir. Ya había pasado aproximadamente 9 meses. Dasi estaba un poco más grande y comenzaron a caerles sus dientes. Me di cuenta cuando un día mientras miraba televisión, la pulga se acercó a mis pies con un hueso. De la nada comenzó a hacer sonidos raros. Estaba atorándose. De miedo le metí el dedo en el hocico y ¡oh! ¡Sorpresa! Encontré su diente y el hueso. Me causó gracia ver ese pedazo de muela que decidí guardarlo en mi billetera. Aún la tengo y es uno de mis recuerdos más preciados.

Las vacaciones estaban asomándose, ya olía la felicidad hasta que la pulga enfermó. Habíamos decidido con mi familia aún no ponerle un nombre para no poder encariñarnos con ella. Era tonto porque la perra ya se había ganado a casi toda la familia. Al inicio, la pulga no quería comer, no caminaba bien, tenía una cara de muerto. Pensábamos que no era tan grave hasta que comenzó a vomitar y hacer sus necesidades con sangre. ¡Fue la llamada de emergencia!

Le dio la distemper canina. Fueron días duros. La tuvimos en el veterinario cerca de cuatro días con puro suero y otros químicos. Cuando llegaba a casa ya no encontraba aquella pulga que me diera la bienvenida por más que no le hiciera caso. Entristecí con toda mi familia. El veterinario nos comentó que si no reaccionaba al segundo día, la diéramos por perdida. Sentí una bala en el pecho: fuerte, rápida y dura. Fue en ese preciso momento que entendí que esa pulga ya se había robado mi corazón. Los días pasaron y ella mejoró. Cuando regresó a casa, mi madre le puso su nombre actual y decidimos quedarnos con ella hasta que el tiempo nos lo permita. 

Se volvió mi engreída y el de la mayoría de mis amigos(as) por todas las poses raras y caras memeables que pone cuando posicionas una cámara delante de ella.

Mi pulga sigue sin crecer. Gracias a la distemper canina, ella es más pequeña que los de su raza. Pero, ¿saben? No me importa, es lo de menos. Al año y medio, volvió a enfermarse, el aire se me iba. Logró salir de esa también. Diría que desde entonces, ya no logró enfermarse, pero les mentiría…

Como les comenté en crónicas pasadas, fue un ciclo asqueroso que me enseñó a ser fuerte gracias a los golpes duros. Todos mis días se volvieron sensibles. Me encerraba en mi cuarto, lloraba y lloraba. No había nadie que me pare. La preocupación de Dasi era tan grande que saltaba cuantas veces podía para estar en mi cama. Al ser muy pequeña y mi cama muy alta no podía subirse. Muchas veces caía de espaldas, se golpeaba, pero ahí estaba: volviendo a pararse y tomar nuevo impulso para lograr estar conmigo. Cuando lo lograba, iba a lamerme las manos y al no entender el porqué de mi tristeza, se hacía bolita a un lado y lloraba conmigo. Supongo que lo hacía para que no me sienta sola.

Todo un ciclo fue así. Dejé de comer y ella también. Tenía varias amanecidas y ella estaba ahí, conmigo, sobre mis piernas o mi pecho. La cargué a mi abismo. Enflaqueció. Ya no jugaba. No comía. No quería salir. No dormía. Solo estaba tirada en su caja o en mi cama todo el día. La volvimos a llevar al veterinario y él solo me dijo: “Si quieres salvarla, sálvate primero tú. Ella te siente y te acompaña en tu dolor”. Al principio creí que era una mala broma, pero con el tiempo me di cuenta que no. Comencé a cambiar mis hábitos. Lloraba menos. Aumenté mis porciones de comida. Comencé a salir un poco. Ella también empezó con lo propio. 

Engordó. Volvió a mover su colita como los viejos tiempos. Comenzó a desempolvar sus juguetes. Era feliz. 

El tiempo la volvió experta en los saltos. Desde que empecé a dormir con ella no he dejado ese hábito. Cada vez que cierro la puerta de la habitación e inicio mi ritual de cambio de ropa, ella salta a mi cama, se ubica en su lugar y me espera. Dasi me dio una de las razones para seguir adelante y seguir respirando: ella misma. Algunas personas me dicen que le creo una utopía a mi pulga, pero es que no he conocido un amor tan bonito y tan leal como el de ella. Dasi, sin entender qué me sucedía, decidió ponerse en mi lugar mientras que PERSONAS RACIONALES solo me veían como un despojo de humano. A veces son los animales los que dejan impregnado un gran mensaje.

Sé que cuesta comprender que nos pasamos mitad de vida persiguiendo cosas que nos intoxican y cuesta más aún darnos cuenta, pero tratemos de entender que a veces también las personas que más queremos terminan hiriéndonos cuando es justamente ese momento donde más los necesitamos. Si bien ellos no pueden hablar, sus acciones expresan sus emociones, sepámoslo valorar porque pueden ser exactamente ellos los que te salven la vida de alguna manera.

Ahora bien, no todo es tristeza ni superación. Actualmente, me encuentro bien y feliz de hacer lo que más me gusta: escribir, tomar fotos, dibujar y estar más tiempo con mi pequeña. ¿Han visto ese meme donde una mamá le dice a su hijo: “No fastidies al perro” y, cinco minutos después, sucede esto…?

¡Amen a sus mascotas! No importa si no son de raza, el amor que te darán será incondicional. Son tus compañeros perfectos para tus horas de estudio, trabajos, vacaciones… ¡Para todo! En estos momentos pasan por mi cabeza algunas amistades con sus respectivas mascotas: Carlos y Carla Llanos con Linda, Cristian Agurto con Scott, Jhony C. con Chocolate, Patricia Chullunquía con Danna, Jahaira con Pequeña, Efraín Amanzo con Orejas, Nathalie Ccalla con su sinfín de periquitos, y así…

¡Denle un abrazo a su mascota! ¡Y sean felices!

¡Hasta la próxima crónica!