La noche está nublada y el cielo limeño no te permite ver la luna. Solo una mancha amarillenta tirita a lo lejos mientras te congelas por las calles. Nací un poco lejos de aquí, pero el tiempo hizo que pueda superarlo aunque no lo quiera. Al tráfico, al clima, al pútrido hedor por las mañanas. Pero aún no a ella. A la mujer del 512.

Micaela. La lengua se suma en un viaje de cuatro partes y en el último roza la parte posterior de los dientes: Mi-ca-e-la. Mica, amor mío, o “como tú la quieras llamar”. Su pelo castaño oscuro cubre una parte del pecho donde muchas veces reposé mi rostro. Sus ojos pardos debajo de unas cejas  perfectamente pobladas te miran como si a ti también te amara. Unos labios pequeños protegidos por un lunar en el lado izquierdo de su rostro, justo donde se pliega para mostrar una sonrisa. Un metro cincuenta y ocho. Tamaño suficiente para que sus contorneadas caderas hagan desaparecer cualquier tipo de tabú y te sumerjas en su cuerpo, en su cara, en ella misma.

Camino por Paz Soldán y Los Incas hasta  casi llegar al parque principal. Un callejón estrecho invita a pasar a cualquier curioso. El quiosquero de la esquina me mira condescendiente y apoya mi decisión. Buenos días maestro, ¿allí es…?  Sí, allí es. Llego hasta una casa verde donde un cartel de “Bienvenidos” en luces de neón rojas te advierten lo que vas a encontrar allí.  Subo hasta el segundo piso no sin antes pasar por el control de seguridad. El guardia sonríe al notar mi rostro temeroso. Las mujeres son las reinas del lugar. Algunas, desnudas, esperando en las puertas del pasillo que conduce al bar. Otras esperando a los incautos ebrios para subir su tarifa haciendo poco. La luz colorada invade el lugar. Transito por los pasillos contiguos. En una esquina, como queriendo ocultarse, está la habitación 512, al extremo contrario del bar y donde no mucha gente se estaciona a consumir por allí. Toco la puerta. Sale una chica. La más bella. Es menor que yo, pero cuando hablamos  ella impone una autoridad de alguien con muchos más años. Aunque su voz es tierna y su rostro aparenta el de una niña, me siento intimidado. No puedo hablar bien. Solo me pasa con ella.

-Ponte aquí, cómodo. ¿Es tu primera vez?
-Ehmm no, ya tuve algunas amiguitas antes, pero no tan guapas como tú.
– Jajaja, ni aunque seas el chico más guapo del mundo te haré descuento.
-Al menos lo intenté.
-¿Cuál es tu nombre?
– Orlando del Mar. Pero puedes decirme Omar. ¿Y el tuyo?
-Micaela,  Mica, Miquita, o como tú me quieras llamar.

Paso a su habitación y me siento en la esquina de la cama más pegada a la puerta. El cuarto es pequeño, de paredes rosadas y con un espejo enorme que da cara a la entrada. Hay un bidel pegado al extremo izquierdo y un estante con papeles, preservativos  y billetes sujetados por una liga. Supongo que serán para dar el vuelto. Ella cierra la puerta. Camina hacia mí. Se sienta a mi costado. Con mucha precisión empieza a quitarme el saco, la camisa. Me llama a hacerle lo mismo. Subo su vestido azul hasta la cintura y su ropa interior me invita a quitarla con mis dientes. Ella ríe. Noto su timidez para mostrarme todo, pese al tiempo que lleva trabajando de esta manera. Levanta los brazos, lo suficiente para que pueda salir su vestido completamente. La beso en los labios. Con delicadeza, luego en los pechos. Noto cómo  su cuerpo se  electrifica a mi contacto. Se pone de pie. Me quita el pantalón. Sostiene a mi  miembro entre sus manos y procede a realizarme caricias imposibles. Procura no hacerme acabar tan pronto. Me echa en su cama, Me da un beso corto. Se mira en el espejo y acomoda su cuerpo para poder unirse al mío.  Estoy desconcertado. Se mueve, baila encima de mí. Se pega a mi oído. Eres muy gracioso. El bamboleo continuo de sus caderas ciega cualquier otro instinto. Ya no puedo aguantar más.  Eyaculo dentro de ella. Cierro los ojos. Estoy en el paraíso.

Ella no quiere atender a nadie más. Está cansada y me deja descansar unos minutos en su cuarto. Su horario de trabajo está por finalizar y alista sus cosas. Después, con una sonrisa pícara, me pregunta:

-Y tú, ¿en qué trabajas?

-Soy el escritor más grande del mundo.

-Y también el imbécil más grande –ríe.

-Al menos coincidimos en algo.

Y hasta ahora, no sé por qué, toma mi mano. Mirándome a los ojos, me invita a acompañarla al hotel más contiguo, donde suele pasar las noches después de que sale tarde del trabajo. En el camino, empezamos a hablar, yo confundido, ella risueña. Siempre quise ser bailarina. Yo creo que serías la mejor. Ay, ya no mientas, recién me acabas de conocer. Llegamos a la puerta y enrumbamos a lo que sería nuestro lecho amoroso. Pero, esta vez, sin pagar. Ella se desnuda, mejor que hace unas horas. Confundimos nuestros cuerpos, para ser uno esta noche.

La luna se oculta una vez más, aunque no la podamos ver.

Los días pasaban. Mi idilio por ella crecía y nada podía pararlo. Solo viéndola, me olvidaba de mis problemas. Solo escuchándola, caía rendido a sus pies. Y cada noche, puntualmente, a las diez, concurría al templo donde ella me esperaba y yo me entregaba. Siempre con un obsequio distinto. A veces rosas, a veces chocolates. Coño, hasta me hice amigo del guardián, quien ya obviaba los controles de seguridad para mí ( lo que facilitaba el que esconda los regalos). Pero algo pasaba. La mirada furtiva del administrador del local, un tipo calvo de lentes, que siempre usaba un terno azul, opacaba mi sonrisa. Ignóralo, Omar, seguro ha tenido un mal día.

No pasaron ni dos semanas desde que nos conocimos. Quería sacarla de ese negocio. Le propuse matrimonio. En frente de todas sus compañeras y con elogios de los asistentes. Solo una persona ni se inmutó. Desde el pasillo principal, el administrador solo acertó a seguir caminando y a obviar la situación. Esperé afuera del antro a que recogiera sus cosas. Fuimos a comer al mejor restaurante. Bueno, en realidad era el más cercano. Una noche espectacular. Ambos, borrachos de pasión, caminamos riéndonos por las calles rumbo al hotel donde pasamos nuestra primera velada. Nos besamos. Hicimos el amor como nunca antes.

Desperté agitado y lleno de sudor, el sonido de alguien tocando la puerta irrumpió en mi sueño. Miré a mi costado. Faltaba ella. Desesperado, abrí la puerta. Era la recepcionista. Disculpe señor, tiene una llamada.

– ¿Aló? Omar, mira, no tengo mucho tiempo. Solo te quería decir una cosa, no puedo aceptarte.

-¿Pero qué te hice, Micaela? Si yo solo…

-Por favor, no me llames más.

Mi alma llora.

La mujer que amo, la única que amaré. El rechazo es fuerte… el de ella me destruye. La quiero. La necesito. No lo entiendo. ¿Qué hice mal? Volví a mi hogar, totalmente jodido, tratando de pensar.

No pude dormir esa noche, ni las dos siguientes. Ni siquiera salí de mi casa. Detesto a los idiotas que sufren por amor y se enamoran tan banalmente. Pero joder, yo amo a esa mujer.

 

Amanezco con casi todo de mí hecho mierda. Recupero un poco de  mi aliento y me dispongo a buscarla, voy a la casa verde, pero ya no me dan razón de ella. Ni siquiera un número. Una de sus amigas me aconseja retirarme, olvidarme de ella. Al fin y al cabo por unos billetes podría yo ser tu Miquita. Escapo de allí. Al salir, el guardia me toca el hombro. –Yo sé dónde podría estar. -Por favor, dime. -La botaron de aquí, busca por las esquinas colindantes, un par de cuadras más arriba, a eso de las dos de la mañana. -Gracias, muchas gracias, cómo podría agradecértelo. -Solo una cosa, nunca más vuelvas aquí.

Inmediatamente, parto a su encuentro. Camino con un rumbo fijo. La espero sentado en la acera del frente. Miro mi reloj. Aún quedan unos cuantos minutos. Me levanto a conseguir algo de beber en la tienda más cercana. Y la veo. Ya no en el 512. Ahora está en la esquina, donde yacen las que no tienen nadie quien las proteja. Su bolso marrón de cuero cuelga lánguidamente de su hombro. El lápiz labial parece haberse terminado antes de que termine de pintarse. Sus ojos muestran marcas de un llanto reciente. Pero sigue siendo ella. Sigue siendo mi Miquita. Tan bella. Tan perfecta. No puedo evitar sonreír. No puedo evitar llorar. Camino con más prisa y parece reconocerme. Sí, así es. Su expresión cambia rápidamente y… la siento triste, enojada. Grito su nombre. La gente voltea a mirarme. Apuro el paso. Ya estoy más cerca tuyo, mi amor. Inmediatamente sube al auto del tipo más cercano. Un hombre calvo de lentes con un terno azul le pone unos billetes en su escote. Y se aleja. Otra vez.  Para siempre.