Hace un par de semanas me dirigía hacia una reunión importante con Richard Morris, comunicador social peruano dedicado a la difusión de música cubana y boricua. En el transcurso del camino mi mente fugó de la rutina para poder alcanzar un nirvana idealizado. Estoy totalmente segura de que en algún momento de tu vida universitaria has tenido que lidiar con alumnos -amigos o no- que no cumplen con los deberes académicos o, peor aún, que se limitan y se niegan a cumplir con sus responsabilidades. Si es así, comprenderás el nivel de frustración y desesperación que ellos ponen encima de tus hombros, quizás de forma inconsciente (aunque tal vez no). Es desesperadamente angustiante, y lo es aún más si eres de las personas que guardan una obsesión por cumplir con todos los deberes en el tiempo y momento indicado. El ambiente de trabajo se vuelve enfermizo y lo único que deseas es acabar lo pauteado y huir lejos de tu holgazán compañero.

Cuando Morris lanzó las palabras finales de nuestra esperada entrevista mencionó una oración precisa y fraternal: “Lo que se necesita con urgencia, en estos tiempos, son alumnos recursivos”. Fue así como recordé el tema de los alumnos parásitos, aunque ahora he decidido llamarlos solo alumnos en ámbar. Más allá de qué nombre desee ponerles, la pregunta base consiste en quiénes son realmente. Para que se entienda mejor, tomemos como referencia los colores del semáforo y lo que cada uno de ellos representa.

Teniendo esto en cuenta, podemos decir que los alumnos en verde son todos aquellos que están prestos a cumplir sus deberes aunque se les interponga un remolino de arena: los recursivos. Son de esos que se van declarando en peligro de extinción mientras el mundo no los llora. Sin duda, son los necesarios para forjar un ambiente innovador y emprendedor. Por otro lado, los rojos son todos aquellos que huyen de los trabajos como si de una especie repugnante se tratara. No aportan pero dejan trabajar. Son los que tienen pereza para presionar el botón de play o reanudar. Viven en la pausa eterna. Pero, al menos, son sinceros y dejan sus objetivos claros: “No haré nada. No cuenten conmigo”.

En cambio, los alumnos en ámbar están llenos de “quizás” y falsas esperanzas. Hacen que apuntes en tu agenda cosas pendientes que nunca se terminarán si tú no pones manos a la obra. El ámbar, lamentablemente, no solo está en alumnos. Los verás en muchas personas (en los ministros, ejecutivos, presidentes, alcaldes), en aquellos que prometen y juran que tienen la solución, pero que al final no tienen nada.

Lo cierto es que es preferible tener compañeros en verde, incluso en rojo. Tal vez saber esto a tiempo me hubiera ayudado a entender que no vale la pena pasarnos media vida renegando con gente que nos resta en la vida. He necesitado más de tres años para comenzar a comprender que el miedo al fracaso no es el motor que mueve a los estudiantes y he tardado segundos en entender que la responsabilidad es el ideal que este mundo necesita acariciar. En cambio, no hay duda de que el ámbar es la más perra de todas: la que no come ni deja comer.