The Revenant vuelve a los mismos origines de la narrativa: el hombre versus la naturaleza. Y, aun así, sigue siendo un film indiscutiblemente moderno. Debe ser la proeza técnica con la que presenta su historia o la inmaculada puesta en escena, pero, sea lo que sea, The Revenant parece ser hecha en el tiempo correcto. Por supuesto, todas sus temáticas son universales -la venganza, la supervivencia, la fe- pero tratadas con un lente necesariamente contemporáneo: escenas filmadas con luz natural, largos travellings que experimentan con el paso del tiempo y un conjunto de elementos audiovisuales que solo podrían ser concebidos en la era del cine digital. Excesiva y necesaria por partes iguales, precisa y visceral, ofrece una experiencia pocas veces perciba con tal intensidad en la sala de cine. No deja a nadie indiferente.  

Hugh Glass es controversial. Enamorado de una indígena, dirige al ejército estadounidense decidido a asesinar a toda tribu que se cruce en su camino. Actúa parco y lejano, pero, a la vez, lo daría todo por su hijo, Hawk. En medio de desolados páramos y en pleno invierno, Glass sufre un terrible accidente y es abandonado junto a un par de soldados, incluyendo al iracundo Fitzgerald. Cuando Fitzgerald asesina a su hijo y deja a Glass a su suerte, el herido se regocija esperando a sanar. De a pocos, se anima a seguir con su camino, buscando al asesino y decidido a la revancha.  

Estamos ante una historia lineal. Glass dirige a los soldados, Glass es atacado, Glass sobrevive y clama venganza. No hay demás líneas. Nada nos distrae del objetivo principal. Alejandro G. Iñárritu tiene muchas ambiciones, pero, en este caso, la narrativa no parece estar entre ellas. Quiere que la audiencia siga el tortuoso camino de su personaje principal, en carne y alma. Quiere que cada close-up al rostro dolido de Leonardo DiCaprio sea la transición precisa para la escena posterior. La música sigue el ritmo detonante del film. Todo encaja. Todo sucede como un solo concierto, o algo quizás una sola melodía: el montaje es rápido, corta con precisión las escenas y deja que los sucesos continúen al ritmo de la naturaleza, como un cuento corto con pocas paginas hasta el final.

¿Por qué lo haría? Porque solo así, sin mayor exceso en la trama, podemos dejarnos llevar por las imágenes, indagar en su significado, darles algún valor. Iñárritu quiere que lo sintamos todo. Quiere someternos a la misma odisea que su protagonista, a las mismas caídas, mismos estímulos y lamentos. La experiencia inmersiva viene con un costo. La audiencia, por momentos, ya no puede ver. El dolor parece demasiado cercano, la culpa también. El exceso en el filme es notable. Aún así, parece cumplir con su propósito: acercarnos a lo salvaje, al caos armónico de la naturaleza, a su total descontrol.

La relación con la naturaleza, por supuesto, está marcado por lo etéreo, lo sensorial, lo que no se puede expresa mediante palabras. El lenguaje visual del film, con todos sus excesos, quiere transmitir tal conexión de forma creíble, cercana. Cada quien hace lo que puede para encomendarse a la naturaleza y decodificarla. Glass lo hace a través de sus sueños, como si el lenguaje alegórico pudiese decir lo que las palabras no. Fitzgerald cree en su propia versión de Dios, a pesar de todo el daño moral que ha causado. Los indígenas, a pesar de ver cómo su tierra es tomada por invasores, siguen firmes en sus creencias, esperando la llamada divina. El film toma simbología religiosa -sin importar su origen- y la usa a su favor, como incitando esperanza en medio de la crisis.

Entender a la naturaleza puede ser contradictorio. El trabajo de Emanuel Lubezki sirve a este propósito. Cada detalle está contrapuesto. Fríos paramos, teñidos de gris, filmados con la más absoluta belleza. Un film brutalmente realista y salvaje, con un mensaje espiritual, casi misericordioso. Poesía visual y humanidad sardónica, con cada impulso y cada fechoría captada en primer plano. Cada fluido, cada gota de sangre y cada caída es tomada con detalle. Sobrevivir, entonces, es un acto religioso, heroico, trascendental y, a su vez, parece el acto más humano y natural posible.

Por supuesto, esta disputa entre lo sagrado y lo humano no siempre suena tan convincente. Quizás los intentos de G. Iñárritu por filmar la realidad se vean eclipsados por el exceso de una estética que por sí misma resulta demasiado solemne, casi de calco a Tarkovsky o demás autores devotos del cine espiritual. Parece casi como si al autor le costara hallar un estilo propio, a tal punto que necesita del resto. Quizás la película peque de demasiado presuntuosa, de repleta de pretensiones que no llega a cumplir, con imágenes que, deseosas de analogía, anulan el poder del mensaje.

Quizás podríamos verlo de la otra manera. Pensemos en cómo Glass es el único sujeto que puede dialogar con ambos mundos (tanto Occidente como las comunidades indígenas) sin sufrir demasiado en el proceso. Como Glass, el cine asume el rol de mensajero, se reconoce como lenguaje universal y adaptativo, según los intereses de cada uno. Entonces, los elementos alegóricos del film calan en cada espectador de forma diferente. Es igual a una oración: todos conocen las palabras, pero cada uno le tema su propio significado.

Así como el cine, la empatía podría ser universalizada. Así parece. Un soldado decide perdonarle la vida a una mujer indígena. Un indio se encuentra con Glass y, a pesar de no conocerle, le lanza un trozo de carne. El propio Glass ayuda a una mujer indígena a seguir con su propia venganza. Volvemos al origen. La empatía, como forma de seguir subsistiendo. Única forma de subsistir.

¿Es entonces Glass un ser que se preocupa por el resto, cuyas intuiciones de comportamiento respondan a este modelo? No lo sabemos. El film es receloso con las intenciones de su protagonista, bastante misterioso. Así, nos deja la duda para que la resolvamos nosotros, a ver qué nos conviene interpretar.

Glass, por supuesto, actúa como si no tuviese nada que perder. Pensar que se trata de un simple acto de venganza sería simplificar sus acciones. “Yo ya he muerto”, dice Glass, justificándose. ¿A qué se refiere con eso? ¿A qué murió al sacrificar su status y alejarse de los suyos al enamorarse de una mujer indígena, el enemigo? ¿A qué lo dio todo por un hijo que ahora yace muerto sin remedio?  ¿O será que, al verse enfrentado de forma impensable con la muerte, ya no le teme y simplemente quiere esperar su momento? Cada pieza parece ser parte del sistema final. Por eso el clímax. Glass sobre la nieve. La visión de su hijo y mujer se hace cada vez más diáfana, se ve nítidamente. Glass, al enfrentarse a la muerte y a los límites de su existencia, parece estar más vivo que nunca. Y eso hace que valga la pena. Hasta el último suspiro.

The Revenant, entonces, se hace un film que, a pesar de todo, sigue valiendo la pena. Una experiencia que, vista en la pantalla grande, te hace sentir exhausto, pero lleno de vida; libre, pero atrapado en sus intenciones; te da las herramientas propias del buen cine para desahogar la rabia, duda y cualquier otra emoción peligrosa que lleva uno consigo. Por eso su legado, como toda película que se atreve, se permanecerá presente, nunca intacto, sino fluctuante, espontáneo, resiliente.

Justo como lo ha sido la historia de Glass.