Por Jadro

Desde que crucé aquel umbral, la realidad a la que estaba acostumbrado se desvanecía; de a pocos, un mundo extraño y mágico a la vez se iba apoderando del espacio. Una infinidad de personajes sacados de la imaginación más vehemente invadían el lugar. Hadas que jugaban con otras hermosas criaturas, héroes míticos que luchaban contra villanos y sus ejércitos, hechiceros de todo el mundo se confabulaban para invocar a poderosos demonios, músicos tocaban sus liras en el funeral de un rey, clowns cargados en andas eran venerados como dioses, y acróbatas que daban saltos mágicos ponían en tela de juicio a las leyes de la gravedad y de la propia razón.

Entre toda la multitud de esa infinidad de seres, encontré a alguien que por lo menos se veía correcto y normal. Tenía un traje oscuro, una camisa clara, una corbata y un sombrero inglés.
– ¿Sabes en qué lugar estamos? –le pregunté.

Me observó e hizo una reverencia con el sombrero a modo de saludo, y me respondió:
–Usted está en el Circo del Sol.– En ese instante, dio media vuelta y se echó a volar.

 

Algún tiempo atrás…

 Verde, ámbar… Rojo. Por unos instantes, la ciudad parecía detenerse. Frente al crucero peatonal, un grupo de artistas callejeros intentan  entretener a los conductores del lugar. Uno de ellos está subido en unos zancos y lleva un sombrero de copa que utiliza para reunir unos cuantos dólares para el grupo. Por las noches, se repite casi el mismo proceso. Otro lleva el sombrero y los zancos. Un joven, llamado Guy, sujeta entre las manos una botella y una pequeña antorcha que utiliza para lanzar olas de fuego por la boca.

 Por ese tiempo, las calles quebecquianas gozaban de un encanto singular. De vez en cuando, se podían ver a esos muchachos talentosos ocupar los semáforos. Fue entonces que Guy Laliberté decidió reunir al grupo: un gran grupo de artistas  con el cual formar un proyecto especial. Viajó a Hawái. En uno de los días que estuvo allí, se levantó muy temprano. Todavía era oscuro, pero  caminaba presuroso por las calles y antes de que amanezca se encontraba sentado en unas rocas a las orillas del mar. Fue allí, junto  el cielo que se tornaba  a un celeste claro y a la brisa fría que golpeaba su rostro, que llamó a su proyecto: “El Circo del Sol”.

 3 de septiembre de 1987…

Las cosas no pintan nada bien. El equipo de Guy se sentía cansado después del largo viaje en tren hacia Los Ángeles. No había dinero suficiente para pagar a los trabajadores del circo. Solo se contaba con recursos para una semana. Después de ello, se quedarían, literalmente, sin dinero. Ya caída la tarde, un gran número de personas merodeaba en las afueras de  la carpa de circo, tratando de mirar al interior. Por la noche, la carpa estaba repleta y el maestro de ceremonias daba  inicio a la función. Con ella, comenzaba también la exitosa historia de “El Circo del Sol”.

 

 

Los inicios del Cirque du Soleil parecen sacados de un relato de ficción: resulta enigmático que un grupo de artistas callejeros, con poco o nada en los bolsillos, logren unirse para formar el grupo circense más grande y exitoso del mundo, así como también una empresa que generaría multimillonarios ingresos al año.

El secreto de su éxito es difícil de explicar. Podríamos decir, a primera vista, que fue el azar, ya que en un momento, por motivos económicos, el circo casi desaparece,  pero no podemos dejar de lado el esfuerzo y dedicación de sus artistas. El espectáculo del Cirque du Soleil cautiva al público porque es novedoso, rompe con el estilo tradicional del circo. No se trabaja con animales y se agregan al espectáculo circense el teatro, la danza, la música, así como ambientaciones sacadas de cuentos, épocas mitológicas, mundos extraños que se van presentando al espectador mientras se le va contando una historia (o muchas), a través de decenas de actores que representan una infinidad de personajes como héroes, villanos, saltimbanquis, contorsionistas, mimos, hechiceros, hadas, acróbatas que realizan su número con gran técnica (la mayoría de ellos son deportistas olímpicos en retiro). Todo esto, unido al conjunto musical en vivo y a la tecnología, hace que este espectáculo sea considerado el mejor del mundo.

Dicho esto, decir que el éxito del Cirque du Soleil es solo cuestión del azar es dejar de lado la constancia y el talento de este grupo de artistas callejeros, quienes con su arte lograron remover las fibras más íntimas del espectador en los años 80 y que aún lo siguen haciendo, pues Cirque du Soleil cuenta hoy con más de 5000 empleados entre personal técnico y actores de diferentes nacionalidades. Además de varios espectáculos de diferente temática en Las Vegas, Canadá y otros que llevan en sus carpas de gira por el mundo. Por todo ello, nosotros creemos que el éxito del Cirque du Soleil no es solo cuestión de suerte o de talento, sino una confluencia de ambas.