Hace falta algo de locura para mezclar a Velasco y a Fujimori en un solo titular. No es posible que ambas figuras sean vistas con ecuanimidad de manera conjunta y no existe quien tenga una opinión neutra sobre alguno de las dos. Sin embargo, no existen dos mejores figuras que ayuden a comprender al Perú actual que ellos. A cincuenta años del golpe de Velasco, y a pocos días de la anulación del indulto de Fujimori, es importantísimo reconocer que para bien o para mal, nuestro país es resultado de su accionar.

Una de las caras de la moneda es Juan Velasco Alvarado, quien tomó el poder por un golpe militar en el año 1968 con el objetivo de realizar una serie de reformas en materia económica y social. Lo que Velasco quería hacer, realmente ha sido materia difusa para la historiografía, pero lo cierto es que no tenía un especial aprecio por las élites dirigentes de ese momento. Este personaje, con el apoyo del CAEN, inició una ofensiva contra dos poderes que creía vinculados: la oligarquía terrateniente y el capital extranjero que se proyectaba en simbólicas empresas como la IPC. Asimismo, intentó hacer una vinculación con las masas populares, a las cuales quiso integrar y controlar a través de un aparato corporativista controlado por SINAMOS, una organización de evocativo nombre, que pretendía reunir a todos los sindicatos legales del país. No obstante, su reforma más conocida y más polémica fue la controversial Reforma Agraria, por sus efectos de doble filo. Por un lado, significó el fin de las bases materiales de la oligarquía, y por otro, la descapitalización de la agricultura y la ganadería del país. Además, esta reforma también tuvo notables efectos sociales. El famoso lema: “Campesino, el patrón ya no comerá más de tu trabajo”, fue un grito de reivindicación social en un país que todavía era visto mayormente en términos dicotómicos (costa-sierra, indígenas-blancos, patrones-obreros, etc.). De ahí en adelante, el gobierno de Velasco siguió una política de estatizaciones y reformas sociales a todos los niveles de la economía peruana. Su plan a seguir era el sistema ISI (Industrialización por Sustitución de Importaciones) que se había puesto en práctica en otras naciones de Latinoamérica y era recomendado por la CEPAL. Sin embargo, el sector capitalista industrial que Velasco pretendía levantar a su favor se vio repelido de trabajar junto a él por su misma política de estatizaciones, por lo que su plan caería posteriormente en saco roto.

Al mismo tiempo, se produjo la profundización de las migraciones internas causadas por el propio crecimiento de la población peruana y la percepción de que había mejores oportunidades en las ciudades –particularmente en Lima-. También se ocurrió esto por el efecto de la Reforma Agraria sobre algunos sectores agrícolas que vendieron sus tierras para comenzar la migración. Después el cuarto factor para la migración sería un residuo de la situación social no resuelta por el régimen militar: el terrorismo[1]. Así, fue como el Perú que era resultado de la política del régimen velasquista era más sincero en cuanto al discurso social y estado-céntrico, que en cuanto a la economía.

El otro lado de la moneda, Fujimori llegó 20 años después, tras el ínterin de Belaunde y García, para matar este proyecto económico, y en buena medida, para hacer lo mismo con el proyecto social. Las empresas nacionales que Velasco formó fueron privatizadas por Fujimori y el dinero extra se utilizó para crear redes clientelares a través del Ministerio de la Presidencia. Asimismo, bajo los lineamientos del Congreso de Washington, Fujimori puso al Perú en sintonía con las políticas neoliberales de los años 90’ que habían sido defendidas por personajes como Margaret Thatcher y Ronald Reagan en las décadas pasadas. Finalmente, el “shock” de los 90’ dejó espacio para el crecimiento de la economía informal, y el cruce del discurso del progreso económico con el recuerdo del migrante dio lugar al nacimiento de la figura del “emprendedor”, a partir de la formación de un pueblo que se reconocía “cholo” e “inmigrante” bajo la lógica neoliberal.

Ambos gobiernos fueron dictaduras, que no nos quepa duda alguna, pero sus efectos fueron en ambos casos tan traumáticos para la sociedad peruana, que no podemos dejar de referirnos a ellos para entender nuestra sociedad actual. Sin Velasco no hay campesino libre, y sin el mismo, no se puede entender al migrante emprendedor que las políticas fujimoristas concretaron. Hoy observamos una polarización tremenda al respecto de ambos personajes, en buena medida causada por el recuerdo de aquellos que fueron beneficiados o perjudicados durante sus respectivos regímenes -a quienes toca dar su descargo-; pero ninguno debiera olvidar que su legado es indispensable para entendernos como nación en la actualidad.

[1] Cuando Fujimori llegó al poder –como ya sabemos- el GEIN ya venía gestando el plan de captura de Abimael Guzmán, con quien caería una forma de ver al Perú en términos dicotómicos (al menos en el discurso público).