Si Vargas Llosa tiene “Al pie del Támesis”, por qué no puede haber algo así como un “Al pie del Hablador”. Desde luego, no tengo ninguna pretensión literaria, ni mucho menos las ínfulas de volverla una obra de teatro. Sino, más bien, inquietarte, provocar bochorno, darte un escozor en el lomo -inalcanzable a mano propia- pues el río Hablador o el río Rímac merece la atención reivindicadora de nosotros, citadino o foráneo, da lo mismo, es un pulpo que abraza a todos. Nadie puede preciarse de las aguas que recorren la capital, nadie puede decir que va al río a relajarse, nadie puede objetar la realidad malsana de su composición. Sinceramente es la chica que nadie invitaría a bailar. Sin embargo, los padecimientos han de concretar siempre un final: o se curan en valor arremetiendo violentamente contra sus verdugos o desaparecen sin dejar rastro.

Desde que era un niño he tenido cierta fijación por el Centro de Lima, hasta el día de hoy tengo la manía de visitarlo a intervalos de tiempo. Admito que siempre me tiene sorpresas tanto como si fuera el hijo pródigo. Una tarde que no recuerdo, con la frente enraizada en la ventana de una combi -que bien podría ser coaster-, alcé la mirada al cruzar el puente. Había un sobresalto en la gente en ese momento. Se cruzaron las voces, de pronto, el comentario: “ha aumentado el caudal del río, está lloviendo en la sierra”. Fue automática la apreciación del vulgo. Se volvió un tópico en todos aquellos desertores de audífonos, el comentario del río era y es vigente. El respeto de pocos es el amor hacia la solemnidad del río que muchas ciudades no pueden enorgullecerse de tener.

Tratando de no vender humo, veamos hasta dónde es posible alinearse a la condición de urbe con presencia de agua dulce cruzando sus límites. De entre un grupo selecto, podemos mencionar a la cosmopolita y cautivadora Paris con el Sena sonriéndole si es que las ganas y los fondos te permiten subirte a la torre Eiffel: el símbolo de esta ciudad se encuentra muy cerca a la vertiente del río. Siguiendo con la tortura, quiero decir con la lista beneficiada, tenemos a Londres con su bien valorado río Támesis; el afluente está flanqueado por imponentes construcciones medievales e incluso de mucho antes cuando los romanos fundaron Londres en el vespertino año 43. Además se erige una de las principales atracciones londinenses , el London Eye, o no tan lejos (y sin darle la espalda al Rímac como el Palacio de Gobierno en Lima), el famoso palacio de Buckinghan, nada menos. Ya vemos por qué es un lugar como para escribirle algo, Varguitas lo supo. Entretanto podemos citar también al Danubio, cómo no, ubicado en Budapest capital de Hungría; allí veremos un amplio espacio en sus playas donde el agotado habitante de esas tierras puede descansar apaciblemente mientras es refrescado por los portentosos árboles y la vista de las embarcaciones que lo cruzan. Pues así quién no se anima a componerle un “Danubio azul”. Pero sin irse tan lejos, tenemos a Puerto Madero en Buenos Aires, una zona por demás turística donde se asienta una de las más exclusivas zonas bonaerenses, con la venia del río, por supuesto. Esta predilección no fue gratuita, se estableció un conjunto de balnearios municipales que se construyeron desde 1916 para darle, justamente, el cariz que ahora ostenta. Con todo lo mostrado, no se tiene la intención de destruir la maltrecha visión de nuestro río; por el contrario, es necesario concientizarnos en el significado de contar con uno cerca a la ciudad. Por ejemplo, sabemos que la fundación de nuestra ciudad en donde está ahora fue por esa cercanía a las aguas dulces y la proximidad al mar, o sea un lugar privilegiado del cual se ha perdido el rastro.

Entonces es justo decir que el mantenimiento de la salud de las aguas es parte de la voluntad política y la cultura de sus habitantes, es un factum como tal. En un informe de la Agencia del Agua del Sena-Normandía (AESN)  recomiendan un agresivo control de los desechos que se arrojan en él, pues el agua que consume Francia, al igual que el Perú, proviene de los ríos. Se tomaron esta tarea muy en serio ya que hace más de cincuenta años se estaba a punto de declarar al Sena un río muerto. Por ese mismo avatar tomaron las medidas necesarias para recuperar la vegetación y la fauna del lugar, así como el agua que recorre su cauce. “En cuanto al tratamiento de las aguas residuales, reducir la descarga de nitrógeno se considera el factor determinante para la calidad del agua de los ríos. Esto depende de la capacidad del medio ambiente receptor y de la eficiencia de las plantas de tratamiento de aguas residuales. Cada ciudad de la cuenca con una población mayor de 10.000 habitantes tiene una planta de tratamiento”, recomienda el AESN. De esta manera se proyectan a una mejora notable, solo basta ver cómo se conserva ahora. Por otro lado, pese a que hay una Ley de Aguas en el Perú que señala explícitamente: “Está prohibido verter o emitir cualquier residuo sólido, líquido o gaseoso que pueda contaminar las aguas, causando daños o poniendo en peligro la salud humana o el normal desarrollo de la flora o fauna o comprometiendo su empleo para otros usos”, se sigue contaminado no solo con basura doméstica, sino con restos de las inmobiliarias, relaves mineros y con coliformes termotolerantes (residuos fecales). En un serio estudio hecho por la UNALM (Universidad Agraria) en el 2006, muestra que los residuos fecales han aumentado en un 100% y, aún más triste, niveles de cadmio, arsénico y mercurio superan los límites permisibles. Es preocupante que de su trasparente fuente en las alturas de de la Cordillera Occidental, en el nevado Paca a 5. 508 m.s.n.m, va siendo torturada conforme desciende hasta terminar agónica en el Callao.

Para nadie es extraño notar en el color alguna anomalía. Si ves el agua traslúcida, sin ninguna presencia que altere su armonía, considerarás la pureza, por lo menos aparente, de ella. Es natural, está inserto en nosotros distinguir en el color o el gusto si algo anda mal y requiere alejarlo. No es descabellado pensarlo así, en la antigua China determinaban las emociones o la suerte de alguien colocando de forma estratégica los adornos o muebles, y, a lo que nos concita, la simbología de los colores. Por eso si vemos el agua de tonalidad oscura, marrón o negra no pensarías en sumergir tus pies allí porque, con seguridad, podrías terminar con una terrible alergia, un costoso daño cutáneo o conseguir unas pústulas del tamaño de champiñones. Esperamos que de ese mínimo detalle sean perspicaces los ejecutantes de la obra mayor de Villarán, Vía Parque Rímac. No será producente tener una enorme ambición de ingeniería con un cúmulo de basura remojada pasando por allí. Si se trata de urbanismo, debería priorizarse el mejoramiento concreto de la flora, que haya plantas en vez de bolsas y un lugar sin hedor penetrante al menos, ya que no es posible volverla un sitio de pesca de camarones como cuenta siempre la vieja guardia de su antiguo río.

Por último, sueño con el día en el cual la canción nunca desgastada de Chabuca Granda resuene soberana, esa parte de la “Flor de la Canela”: “Déjame que te diga la gloria/ del ensueño que evoca la memoria/ del viejo puente del río y la alameda/ahora que aún perfuma el recuerdo/ ahora que aún se mece en un sueño/ el viejo puente del río y la alameda…”. No obstante, la realidad tiene la forma de un macizo de piedra. Entre el cielo sangriento del sunset y la profundidad del horizonte, la iluminación se asoma incierta. El pensar del tiempo ausente me trae contrito. No sé si en un día de estos la Madre Naturaleza muestre el látigo, entonces para ese momento ya habremos entendido el mensaje. El río y su castigo.

Después llegué a mi destino, me incorporé de mi asiento hacia la puerta de salida, bajé de la combi, me fui a bañar, a charlar con el Hablador.

  • Melisa

    Un río suele llevar consigo las trazas del alma del pueblo a quien pertenece. Tal vez algún día cuando nos queramos más entre nosotros, querremos más a nuestro río. Tal vez pronto podamos bailar un vals chapoteando en sus orillas.