Luis Fernando iba ya por el sexto cigarrillo del día y aún no lograba apartar de su mente los llantos de ese niño que había golpeado hace unos días; ni siquiera el incesante ruido de  los carros que bajaban por la Vía Expresa ayudaba a ahuyentarlos.  No sabía exactamente cómo sentirse respecto al asunto, hace meses que no lo suspendían del colegio; pero, por supuesto, había disfrutado pegarle a ese niño de 11 o 12 años quizá. Entonces, parado encima de ese puente sin nada mejor que hacer, comenzó a revivir todo el suceso a través del humo que se desprendía del cigarro y se perdía en el tráfico de Lima.

Todo había comenzado días atrás en su movilidad, cuando en mitad del viaje al colegio se dió cuenta de que el niño nuevo, aquel pequeño y algo regordete, estaba tratando de contener su llanto en una esquina; le preguntó qué le pasaba, sin mucho interés realmente.

«Todos los chicos de mi salón me siguen llamando el “mono de la sierra”» – le respondió

Siendo sinceros, no le sorprendía mucho la respuesta, tan solo en su promoción habían cinco o seis apodos peores que ese.  Sin embargo, no pudo evitar sentirse apenado cuando el niño le dijo que todo empezó cuando alguien se burló de su acento de provincia.  Aparentemente los niños del salón concluyeron que por “parecer un chico de la sierra” y al “hablar como uno de la selva”, debían indudablemente llamarlo como un mono que intentaba meterse al grupo de clases.  Esta conclusión no les demoró ni cuatro días para lanzársela al chico nuevo. Por esta razón, Luis Fernando intentó ayudarlo en ese momento, diciéndole algo a cerca de ser machito en el colegio y no dejarse pisotear por los demás; pero divagó mucho y no llegó a decirle algo concreto al chico.  Entonces intentó volver a dormirse.

Después de lo contado no pudo evitar pensar en nada más que en Elsa Lozano, su psicóloga de la infancia, y cómo una vez -de las tantas- se había salido de la charla habitual de terapeuta y le había contado una historia parecida. Cuando las chicas de su colegio se burlaban de ella, en los descansos, recreos y salidas; por que su uniforme descuidado reflejaba que su familia apenas si podía pagar el colegio. Al igual que con Elsa, esa vez todo había empezado cuando alguien se dió cuenta de que su acento no era limeño. Luis Fernando siguió dándole vueltas al asunto hasta que llegó al colegio, donde cogió sus cosas y salió con total calma al patio de mayores.  Entonces se olvidó…

Sin embargo, a la hora del almuerzo, mientras caminaba por el patio de menores con un grupo de amigos, rumbo al pequeño kiosko de la entrada, vió cómo unos chicos gritaban imitando el acento del chico nuevo. Estaban actuando como monos mientras el chico caminaba reducido, a su costado, rumbo a su salón.   Fue en ese momento cuando no pudo evitar acordarse de que ciertas veces, sobre todo cuando Elsa estaba de mejor ánimo, su historia incluía a una chica mayor que salía en su defensa cada vez que podía, ayudándola y acompañándola hasta que ya nadie se atrevió a meterse con ella.

A partir de entonces el humo del cigarro se vuelve confuso y ajeno.  Sigue ignorando por qué se acercó suavemente hasta pararse frente al que estaba más cerca y, sin decir palabra alguna, le lanzó una bofetada a uno de los niños; tirándolo al piso.  Quizá ese fue el problema, la caída fue lo que hizo que ese chico se abriera la cabeza y comenzara a gritar. Por supuesto, eso hizo que casi al instante  se encontrasen rodeados por niños curiosos que querían ver cómo el chico abatido lloraba por una herida que ya comenzaba a sangrar.  Segundos después, los otros chicos habían traído a un profesor y ya lo estaban llamando a la dirección; mientras el niño seguía lamentándose rumbo a la enfermería.

Los detalles de la historia poco o nada le sirvieron. Al siguiente día ya tenía puesta una suspensión por agredir a un menor y un pase seguro a reprobar conducta ese bimestre.  Como fuese, no era algo fuera de lo habitual.  Lo que si le llamó la atención fue que cuando  estaba saliendo del colegio, con la suspensión en mano, se le acercó el chico nuevo y le dijo un pequeño y rápido “gracias”. Y eso fue todo.

Ahora, apoyado sobre la baranda del puente Benavides, comenzó a preguntarse si es que la amiga mayor de la historia realmente había existido, o si era una de las tantas desviaciones que hacía Elsa.

“Qué mierda importa” – se dijo finalmente.

Apagó el último cigarrillo y comenzó a bajar la avenida.  Aún tenía como 7 horas de tiempo libre (no les había dicho a sus padres que había sido expulsado, por lo que él mismo tuvo que  firmar la anotación) así que decidió irse a algún parque cercano, echarse y comenzar a escribir algunos versos.  Quizá escribir algo de todo el asunto.

En su camino, dejó de escuchar los llantos del chico abatido  y comenzó a recordar el pequeño “gracias” del chico nuevo, que ahora resonaba en su mente con mayor fuerza y con ese acento tan característico que tenía.