Editora: Massiel Román Molero

Qué distancia, qué brinco en el tiempo, qué extraño se vuelve todo cuando tu largo cabello bicolor no se pierde en mis manos, cuando tu risa cálida no me arrulla en mis días duros. Qué raro es no ver tu piel morena, golpeada por la vida, sobre mi almohada, y sentir miedo al ver imágenes que me llegan al móvil bajo un sol que quema distinto al que te abraza.

Abuela, lo sé. He sido una nieta ingrata que no ha escrito, no ha llamado desde hace meses. ¿Cuándo fue la última vez que te llamé sinceramente? Hablo de esas llamadas que no traen bajo la manga una razón de festejo mundial, o de un brinco de ayuda o favores. ¿Fue acaso cuando viajé a tu tierra para que me des cobijo? ¿O cuando la China falleció por un ataque al corazón? No, espera. Ese día ni te llamé. Tenía miedo de oír cómo sonaba tu dolor. Fui cobarde. Una chiquilla tonta.

“Mamá, dile a la abuela que la quiero mucho y no quiero que esté triste”, le dije a mi madre mientras te consolaba por el móvil. Ella pasó el recado y agregó sin mi consentimiento: “Mamá, ya no quiero que llores. Cálmate. Si la China hubiese sobrevivido, hubiera sufrido su pobre corazoncito. Está mejor así”. ¡Y vaya que sí! La China pasó a ser un festín de fin de semana. Su carne se repartió por todos nuestros conocidos. ¡Pobre chanchita! decían los que nos compraban la carne al saber cómo había muerto tu tierno animal de granja. Pero, pobre tú, abuela. Siempre tan emocional, anímica, empática. Pequeño detalle que te faltó darle a mi madre, quien es tan fría y dura cual iceberg. Que mientras yo lloraba desconsoladamente porque un día Dasi, mi súper can, decidió dar un paseo sin rumbo sin permiso, ella no dejaba de decirle a los vecinos: “¿Pero, en serio, vecino, va a llorar por un animal? ¡Qué estúpidez!”.

Sí, pobre tú, abuela, y yo tan tonta. No he logrado aprender aún eso que siempre predicas: “La vida siempre tiene prisa, siempre tiene ganas, hija. Aunque le pidas tregua de nada sirve. Por eso vive y disfruta de nosotros los que te acompañamos”. Solo unos pocos conocemos la melancolía infinita que se respira en ciertas salas que se inundan por el vacío de ese ser que le daba luz. Lo cierto, abuela, es que hoy al leer una carta de Jazducca, me recordó toda esta culpa que te estoy escribiendo: “Abuela, tengo miedo de perderte”.

– ¿Aló, abuela? ¿Cómo está todo por allá?

– ¿Isa? ¿Eres tú? ¿En serio eres tú? – exaltó.

– ¡Qué sí, abuela!

– ¡Qué alegría, hija! ¡Hoy si podré dormir tranquila! ¡Oye! Leí lo que escribiste en esa cosa que tiene tu tío. No tengas miedo de perderme, hija. No digas eso. Y sí, yo quiero ir a tu graduación. Leer la obra que estás escribiendo. Ir a ver… ¿Cómo se llamaba tu eso que se está exponiendo?

– Señor Coso, abuela. Así se llama.

– ¡Eso! ¡Eso! También quiero ver a Coso.

El Señor Coso en la Exposición de Arte de la PUCP y mis tres compañeros de vida universitaria.

Ahora me pregunto el por qué he dejado de llamarte, de hablarte. Ya sé la respuesta: mis estudios. Siempre haciéndome la responsable. “Eres chanconcita. Siempre estudiando. Estudiar es importante, hija. Eso no lo niego. Pero no por eso te olvides de mí”, me dijiste hace un par de horas cuando te mencioné que este año tampoco pasaré las vacaciones contigo. Ya van 3 años que no piso Samanco como los viejos tiempos. Vacaciones de casi 3 meses que no solo consistían de playas, sino de sueños nocturnos en la misma cama, cuidar de tus animales de granja y de esas noches de fin de semana en las que nos escapábamos para comer pollito en el tío Lucho. Siempre a escondidas para que mi abuelo no esté cascarrabeando.

Tú me dices: “Hija, mándame fotos de esas cosas que haces, que te pintas”“¿Para qué, abuela?”, respondo. “Para enseñarle a mis amigos lo que hace mi nieta artista, pues”.

Abuela, te juro que falta poco. Me estoy esforzando para que así sea. Y no, no te mandaré fotos. Compraré un boleto para ayudarte a hacer la maleta y traerte a Lima, porque sé que desde ese último accidente automovilístico que tuviste tú ya no quieres viajar, y menos sola.