En abril de 1968, Martin Luther King Jr. fue asesinado en Memphis. Aquella noche y durante los siguientes días Estados Unidos fue sacudido por una serie de protestas que se tornaron violentas. En 1991, en Los Ángeles, Rodney King fue detenido y golpeado por 4 policías luego de una larga persecución. Los policías fueron absueltos y esto generó el suceso conocido como LA riots, una serie de disturbios violentos que dejaron un saldo de 54 muertos.

La oleada de protestas de la que somos testigos no es un hecho novedoso y la causa de estas tampoco lo es. El asesinato de George Floyd ha devuelto a la palestra dos problemas sumamente alarmantes, aunque no igual de visibles: el abuso policial y el racismo. No hace falta especificar cuál atrae más miradas, al menos en el contexto actual.

El racismo fue la causa de la muerte de Floyd, sí, pero no fue la única. Podría haber sido la principal, es cierto. Pero asegurar ello requeriría un análisis más fino, que no es el objeto de este artículo. Lo que me propongo analizar aquí es lo que ese lamentable y repudiable asesinato ha generado: una nueva ola de protestas que se han tornado violentas.

Partamos del hecho de que la protesta es un mecanismo totalmente legítimo y legal en las democracias que aseguran la libertad individual. Por ello, cualquier persona o grupo de personas puede ejercer su derecho a la protesta cuando se siente descontento, insatisfecho y/o reclama algún cambio, ya sea puntual o estructural.

Según el psicólogo y economista Asier Morales, la protesta comunica y desahoga. A partir de su ejercicio las personas pueden hacer ver a los demás miembros de la sociedad y al Estado que algo está mal, que algo le causa descontento o que sus necesidades no están siendo atendidas. También, genera una sensación de alivio porque permite expresar de diversas formas todo aquello que no gusta y se encuentra una especie de eco reconfortante en el grupo.

Protestar contra el racismo en Estados Unidos tiene mucho sentido. Los afroamericanos vivieron la violencia institucional hasta 1964 y a pesar de las políticas sustentadas en la ley de acción afirmativa su situación se sigue percibiendo en gran desventaja ya bien entrado el siglo XXI. El hecho de que por el covid los afroamericanos la estén pasando peor ya nos dice algo, ¿no?

Volviendo al tema, veo necesario preguntar ¿qué sucede cuando la protesta, que es totalmente legal y legítima, además de necesaria y reconfortante se sale de control? ¿qué pasa cuando el desahogo supera la comunicación, cuando se entra en hýbris?

La respuesta podemos encontrarla fácilmente y al alcance de un click. Y aunque la protesta con más desahogo que comunicación pueda lograr algunos cambios, su perpetuación creciente y descontrolada puede ser dañina para el movimiento en sí. En democracia existen mecanismos pacíficos e institucionales para poder alcanzar lo que se desea. Sin embargo, es una pena que estas vías no sean tan rápidas ni vistosas.

No es posible enjuiciar a todo un grupo por unos cuantos malos elementos. Pero sí hemos de rechazar a aquellos que con la violencia más que comunicar descontento y desahogarse buscan desestabilizar las instituciones en sí. La presencia y accionar criminal de antifa y anticapitalistas es una amenaza de carácter transnacional que no debe de pasar desapercibida.

En este espacio se considera que la protesta muchas veces es necesaria, pero esta no debe de desbordarse ni producir una ola de caos y vandalismo, y mucho menos ver aquello con dañina satisfacción. Tal y como Ortega y Gasset escribió hace casi 100 años, “la civilización no es otra cosa que el ensayo de reducir la fuerza a ultima ratio”. No olvidemos ello.