–Qué insensatos… –dice ella mientras mira muy seria su platillo.

Ambos estamos sentados en la barra de un restaurante. Es ya tarde, como las cuatro y algo, y en el lugar se han acabado las menestras. Me tomo la sopa como si fuera Goku. Ella come con tranquilidad su pescado frito. La limonada, servida por el tranquilísimo mozo-dueño, está muy fría y daña mi garganta de por sí maltrecha. Yo no puedo hablar y cuando le digo a ella con mi cuerpo, saliendo ya del restaurante, que me cuente lo que pasó ayer, me doy cuenta de que debo repasar a como dé lugar mis pasos de mimo. Me doy cuenta asimismo que estos son unos verdaderos maestros por hacernos imaginar tremendas cosas con el solo uso… de sus cuerpos.

–Dejamos a mi hermana y a Silvia en medio de ese parque…

El parque grande, el Campo de Marte, estaba solo. Sus árboles, cubiertos por la noche inmensa, en mí no producían miedo. Era el efecto de la selva de Satipo, del enfrentamiento a medias que tuve con el Tunche, la noche en que junto a mis amigos Octavio y Pechuga inventamos la fogata y dormimos, acuartelados por un mosquitero, en las sillas de madera de una cabaña abandonada. Era ese el efecto, por eso no sentía miedo. Mi idea de aquel sábado era caminar por la Avenida Salaverry, sentir su noche, pero, todavía más, el fulgor de la luna de este cielo todavía amigo. Quería pasear azuladamente, como lo logramos la vez que, junto a Marco y Bruno, íbamos de pueblo en pueblo en Andahuaylas tiempo atrás. Esa era mi idea, caminar por ese largo trecho entre sus árboles añosos, su asfalto con hojas muertas, enfrentar a sus posibles residentes, admirarme –en solitario o en compañía– de la luz lunar. En nuestras bocas, el sabor del alcohol que no se irá.

Pero nada de eso pasó. A un alcalde de Jesús María se le ocurrió instalar el servicio de alumbrado público en todo ese margen de avenida y mi idea se hizo –un poco– trizas. No importaba, estábamos en grupo: Damaris, Augusto, Silvia, ella y quien escribe. Nos sentamos en el suelo frío de humedad y comenzamos a hablar. A nuestro costado, nos vigilaba un árbol de proporciones paternales, de ramas gruesas y extendidas, que se llevaron un poco de mi camisa verde.

Conversamos, y era el momento de retirarme con ella. Hubo ron, mezclado primero con Frugos, luego con emoliente que le compramos a una viejita en Avenida Alfonso Ugarte, que da ganas de abrazarla pues su carita de dueña de perrito pekinés se enoja demasiado rápido. Nos botó porque hacíamos mucha bulla y preguntas en su puesto. “Estos colombianos”, nos expresó con rabia.

Nos fuimos. Pasamos por el bypass de 28, del cual no recuerdo su diseño ni vías. Sentía que podíamos ir por el paseo que está en el frontis del Palacio de Justicia: lo que hicimos fue caminar por detrás. Fuimos de frente. A unas cuadras de la Plaza Manco Cápac, a eso de las… ¿12? ¿1?, volteamos a la izquierda: las espaldas de Polvos Azules nos mostraban una epidermis vacía, sola, sucia y llena de carros, como muchas de las que hay en Lima. Seguimos, un grupo de hombres jóvenes tomaban cerveza. Yo, nuevamente sintiendo, pensaba que podía ir al grupo y platicarles algo y tomar con ellos. Se optó por seguir. Llegamos a Grau, pasamos por ese cine clausurado que en su delantera se lee: “Leonardo del Carpio” y, aguijoneados por las ganas de unas cervecitas, bordeamos el hospital del mismo nombre de su vía rápida. De tarde he caminado por sus calles y sus edificaciones viejas dan cierto temor; de noche también, escapando las chicas y yo de una marcha, acompañados por otros jóvenes. Pero esta vez no era tarde ni había marcha alguna, habían dos jóvenes, uno más desatinado que otro, a quienes se les ocurrió caminar por las madrugadas en la ciudad.

Nos acercamos, campechanos, donde un grupo de señores que tomaban y jugaban en una tienda de paredes verdes pálidas, pero no tenían lo que queríamos. Cruzamos la pista, llenos de adrenalinas de preguntas, intervenciones, pedidos; nada de cerveza negra en esa tienda bien surtida para viajeros de las empresas de transportes cercanas. Saliendo de ella, vimos a dos hombres en una esquina. De sopapo fuimos y lancé: “¿Loco, por aquí venden cerveza?”.

Uno de los dos apuró el cierre de la conversa y dijo: “A la esquina, ahí venden. Justo estoy yendo para allá”. “¿Habla, bien? Bueno, vamos y te pongo dos chelitas”, dije con equivocada valentía.

Con Crucito llegamos a la esquina, a la vuelta del Parque Universitario. Estaba todo muy negro, con esa capa negra que tienen las calles apartadas, marginales y tildadas de inminente peligro. Era una pollada y estábamos con los angelitos de esta parte de la ciudad. Unas señoras bien pocofloro preparaban pollos y, olvidándome de mi hambre, saqué un billete de 20 y pagué por dos verdes. “Vamos”, dijo Crucito, “tranquilos que yo soy de aquí”. Con esa cuota de confianza, y sin ver las caras de los comensales que salían de un paisaje rojinegro, le propuso el poseído: “Entonces, danos unas vueltas por acá”. En esas horas del abandono, las calles de casas de uno, dos pisos, parecían apartarse para dejarnos pasar. Las pistas emitían soplos y el responsable brillo de los postes solo hacía más irrespirable al aire silencioso.

En una esquina, cerca de Jr. Lampa, Crucito nos contaba de su vida. Era artista, hacía de estatua y había viajado por Latinoamérica con su arte. En Colombia, si no me equivoco, sufrió una decepción amorosa. Galleta y yo lo escuchábamos, y yo me peleaba por dentro por no hablar tanto y escuchar más. Crucito tenía, con todo derecho, malas ideas de la policía pues a él una vez le sembraron droga y lo metieron al calabozo. Una, dos cervezas abríamos y tomábamos los dos, pues Galleta, señora de la noche, solo bebe la cerveza de tonalidad oscura. En un momento, Crucito dijo: “Me meteré un poquito de pasta…”. Y yo, que por las puras no he leído los efectos de esa porquería, le dije como madre alarmada: “Ya pe, Crucito…”.

–Evitaste que se meta pasta… –me dice ella, vestida como monje en su asiento individual en la barra.

Crucito quería otra cerveza más pero ya era tarde. “Cruc4to”, se lee todavía en mi celular.

–Pateaste cosas, bolsas de basura –me recuerda y yo, sentado con apenados ojos de menor de edad, digo: “nunca más”–. Estabas muy violento ayer…

La madrugada no acepta sonámbulos adrede. Nos guarecemos. Los ojos, los colores de la habitación, las sábanas, nuestras respiraciones. También la despedida del sol, inspiración para un poeta. Los insensatos nos alejamos abrazados. Volteo los ojos para ver la pared roja. No están los trazos blancos que solo su autor entendería. Es domingo, y solo se nos pide algo: sean normales.

 

Foto: Carla Core

25-04-16