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Pues algo habrás de decirme de ella,

dibújame un tanto sus cabellos,

si lleva por color pétalos de flor,

o dime pues cómo es su sonrisa.

Cabello solar, tanto ardor.

Pero de sonrisa perlada.

 Traza pues ahora su nariz,

acaso dos mariposas que se han quedado

ya dormidas a la luz del alba

con las alas tendidas, con las alas en paz.

Nariz de astillero crepuscular,

como una daga de gelatina glaseada.

 

Dime cómo sus pechos son,

dos dulces respiros que juntos, tal vez,

van dándole vida a una espuma dulce

como el verano y su brillantez

Son dos caídas al espacio incierto,

dos silentes cómplices del alba y la caída del astro,

se crecen mientras decide volverse sobre uno,

una cúpula rosada, la perdición.

 

Recítame su vientre plano

si tan solo se pareciese al de las llanuras escocesas,

en donde los antiguos caballeros luchaban por el honor

así como tu piel lucha por su terreno fértil, tan amor,

tan de princesas.

En ese vientre por donde volvía como un planisferio

corren las más gozosas memorias,

cual río incandescente

con un insufrible pozo,

aquel que come la composición de mi materia.

 Y son sus piernas que toman los vientos del sur, y que cantan,

dime pues si lo son,

como dos pilares perfectos del antiguo Partenón,

como dos hermosos árboles del bosque

en donde los amantes ebrios de pasión

esperan perderse en un manso sueño.

Son ellas el firme andamio luminoso,

sostén de toda la arquitectura,

una pieza de La valse de… de nadie y de todos,

una ruta perdida en el horizonte entre la niebla,

la niebla espesa de una noche enamorada

por allí, el jardín de los senderos que se bifurcan.

Mas sospecho yo tremenda desgracia.

No confirmes así nuestra tragedia,

no me digas que de ella al caminar

brota música pura como si de dulces violines

sus pies estuvieran hechos,

los mismos que van formando sus caderas,

sus ojos de santísimas mieles.

Temo tanto confesar que ella misma es.

Las cuerdas tensas para abrirle paso a sus pies de comparsa,

no pensaron nunca desequilibrar el andar solemne

y parsimonioso de la bella.

Sabes pues más tú que yo

quién es,

a quién le pertenece este cuerpo,

a quién le pertenezco, yo mismo.

Tantísimo dolor me ensombrece,

con la certeza que de mi corazón se envenena.

Sé de quién me hablas, pues yo, también,

la tuve tan cerca aquella noche serena.

Así fue, amigo mío, y así será nuestra pena

Tú, yo, el destino, y ella… que nos enajena

 

Autores:

Carlos Valverde

Juandiego Delgado

  • meli

    Buenísimo, y me mataron con el soundtrack de Pride and Prejudice

    • Juandiego

      Gracias, Meli. Pensar que esto salió de una conversación por Facebook maso a esta hora de la noche. Cuando hay ganas, hay ganas.