Por Luis Gavidia

Son las 6 de la mañana, Wilder se despierta preguntándole a su madre si hay algo para  comer. Ella le dice que por ahora no, pero que para la hora del almuerzo le cocinará su plato preferido: lentejas con trozos de pollo. Su centro de estudios está a una hora a pie. Sin embargo, hoy es un día de esos en los que el bus interprovincial que conecta dicha localidad con la provincia parte de su origen. Humberto “El Zorro”, el chofer del bus, amablemente, con el consentimiento de los pasajeros, va recogiendo a los demás chicos para que lleguen a la escuela agropecuaria Nro. 675 del distrito de Pallasca. Al llegar a su clase, Wilder se encuentra con dos amigos de grados superiores con los que comparte aula. Comienza a sonar la campana, el profesor aún no llega. Como estudiante que es, celebra el hecho de que el profesor no esté y comienza a jugar con sus otros compañeros. Lo que no sospecha Wilder es que ese día tendrá un examen sorpresa, lo tomará otro profesor… “De Lima o del extranjero” les dice el Director, quien también es maestro de Literatura Peruana.

Wilder es el mejor alumno de su clase, de hecho sus profesores lo ven como un posible candidato al Colegio Mayor del Perú. Pero ese examen lo bajó de la nube. En pleno examen preguntó qué significaba este signo: “/”. “Wilder, es una división” le respondió su profesor, don Jerónimo Chauca. Era la primera vez que escuchaba esa palabra, al menos en un examen. Él era muy bueno sumando y restando. Es más, en sus ratos libres llevaba la cuenta de la bodega de la señora Amparo y con eso se “cachueleaba” para comprarse sus trompos. No obstante, dividir se le hacía tan raro como el texto que acababa de leer. Supuso que el moderador se había equivocado y le había dado el examen que correspondía a los del otro grado, pero que también estaban en el salón. Naturalmente, se había equivocado. Su estómago le rugía cada vez más fuerte por no haber desayunado y por el esfuerzo de hacer una abstracción a nivel filosófico del texto “El padre Pata”, de Ricardo Palma.

Como este caso deben haber muchos. Y así es el día a día, seguramente, de un niño pobre en la sierra. Si bien mantengo la idea de que la persona es quien debe forjar su propio patrimonio y no el Estado por él, este es un caso crítico. Un infante mal alimentado, con profesores que suelen faltar a clases, con pésimos desempeños en comprensión de lectura y en lógica matemática. Ese es el Perú que día a día, de abril (porque en los pueblos olvidados donde los candidatos van solo cuando hay campaña, las clases comienzan en abril o hasta en junio) a diciembre pasa por estas penurias.

Seguimos fabricando pobres”, fue una frase que dijo el economista Elmer Cuba, director de Macroconsult, cuando le preguntaron sobre el desarrollo del Perú. Y la verdad seguimos así, con un nivel de educación a niveles realmente irrisorios y penosos. Este problema tiene demasiadas aristas, pero trataré de resumir y trataré de analizar las más importantes.

En primer lugar, la infraestructura es pésima. Los lugares en los cuales la infraestructura es medianamente buena es gracias a que se trata de un colegio emblemático o un colegio reconstruido por alguna minera, o en su defecto, por el gobierno local.

Ahora bien, una vez que hay un lugar decente en donde estudiar, pasamos al segundo punto: los profesores. Mal pagados y descalificados. En los años cincuenta era considerado un profesional de clase media a nivel nacional. Ahora es un profesional de bajos ingresos y la clase media solo se conserva como “status social” en las regiones alejadas del Perú. Además están descalificados. Yo no tengo nada en contra de los institutos, pero si de por sí hay UNIVERSIDADES en crisis, imaginen el nivel de los institutos. Imagínense la calidad de un maestro que dicta 3 grados en un solo salón de clase como sucede en la sierra y selva del Perú. Por ello no me sorprendo que tengamos esas notas en la evaluación a los docentes y celebremos el ascenso de un 02 a un 07 como promedio de maestros.

Una solución “apaga-incendios” fue la de someter a evaluación a los maestros. No obstante, salieron los rojos del SUTEP a hacer manifestaciones en contra de esta evaluación, pues “no se puede evaluar al maestro mediante un examen escrito”. El resultado: una cantidad de jalados sin precedentes en países de la región.

Otro pregunta que necesitamos responder es: ¿qué “carajos” forma un colegio público en el Perú? La escuela pública produce lo que el mercado demanda en cierto sentido. Y como tenemos una economía de exportación de recursos primarios, cuyo tronco está en servicios, la respuesta es evidente. Con la idea de que el Perú no forma estudiantes académicos, forma estudiantes “integrales”, estudiantes que son “buenas personas”, creamos ciudadanos cuyos trabajos van a terminar con remuneraciones bajas. Actualmente demandamos obreros, personal de servicio, vendedores, etc. Si eso demanda el Perú, es eso lo que estamos formando.

Finalmente, una vez que analizamos el mercado de la educación de parte del ofertante, en el caso del demandante tenemos a jóvenes mal alimentados y con problemas de ingresos económicos que terminan por hacerlos dejar la escuela, o en su defecto no sacar provecho por cada clase dictada. Aproximadamente en Lima, un varón hace 9 años de escuela mientras una mujer hace 8 (tomado del Censo Nacional del 2007).

Todo esto nos lleva a una realidad muy dolorosa repleta de problemas circulares, por decir algunos: falta la educación bilingüe, corrupción, prejuicios sociales, drogas, bullying, abuso sexual, etc. Esto es un chupo que va a explotar en cualquier momento. 30 millones de peruanos no pueden depender de 15 universidades, 150 colegios y 20% de mano de obra posible en calidad de educación. El desarrollo económico conlleva a la especialización, y si seguimos así, difícilmente avanzaremos. Seguiremos teniendo una base piramidal más ancha, una población más ignorante.