Editado por Massiel Román Molero

Es curiosa la manera como se ha logrado atribuir a esta fecha tan comercial el que determinadas personas deban cumplir con un requisito indispensable: contar con una pareja. 

Me parece de tontos caer siempre en lo mismo: 14 de febrero es para los novios, las parejas, los comprometidos, los esposos… y, bueno, para los solteros… llamémosle el día de la amistad.

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No, amigos. No se confundan.

Hoy es el día de los enamorados, no de los novios. Solo por si no te quedó claro: no es lo mismo. El 14 de febrero es el día de quienes quieren, sin importar si son correspondidos o no… Para esos amores que ya no están o aquellos que puede que vuelvan. Amores que esperamos, o de esos que sabes que ya no volverán. Y sí, también es para celebrar el amor propio, el amor a los amigos o a la vida. 

Todos sabemos que hay amores que suceden del todo, es decir, que se complementan adecuadamente para formar un equipo ideal. Son amores que logran concretarse y siguen la dirección directo a su domicilio, amores que son realmente buenos y duran el tiempo que conlleva su destino. No obstante, el día no es solo para ellos.

Después de estos afortunados hay otro tipo de amores. De ellos está conformado –un poco más– este día tan explosivo de dulzura. Y es que Cupido prefiere holgazanear más que trabajar. San Valentín festeja, a la vez, el tipo de amor que no lo es del todo, pero que, a los ojos de quien lo siente, no cabe duda de que lo es. 

Nos la han pasado diciendo todos los años que solo los privilegiados por Cupido son dignos de presumir este día. Pero pregúntense esto: ¿cuántas de estas parejas realmente están enamoradas? ¿Acaso esos amores son mejores que los amores que ni empiezan ni se acaban? Tengo el presentimiento que este último tipo de amor resiste mucho más de lo que dura. Está caracterizado por lo que es, pero sobre todo por lo que nunca llega o llegará a ser.

Es un amor muy líquido, inestable, y eso lo hace terriblemente superior —lo cual no significa que sea “bueno”. Es superior por lo inigualable que puede llegar a ser. El hecho de no poder consumarse hace casi imposible sostener un amor así y, justamente por ello, es superior. Es superior gracias a su característica incertidumbre.

No sé si este tipo de amor podría considerarse como el más bello, pero sí podría quizá tildarse como el más insoportable, pues le da ese toque de ambivalencia adictiva a tu herida: aquí dolió y sanó, luego seguirá doliendo y volverá a sanar. 

Después de ver hoy esta festividad desde la perspectiva que las industrias comerciales nos han ocultado –y, en realidad, aún lo siguen haciendo porque son justamente estas las que nos bombardean y anestesian para aceptar e interiorizar que todos los 14 de febrero solo son para parejas de cuentos que aspiran ser de hadas o que ya se tildan de tal— me declaro culpable de hacerme daño. Pues convertí esta ideología como la vida de las olas del mar: cíclica, sin final. 

Si al final de leerme te llegó a molestar algo, pregúntate por qué y si no lo llegas a responder por miedo a derribar ciertas creencias o contradicciones, sigamos poniendo las mismas excusas baratas de siempre.

¡Feliz día de los enamorados!