Haber llegado a los 100 días de cuarentena no significó más que una excusa para voltear la cabeza y ver qué se ha hecho o se dejó de hacer. Pero estas breves evaluaciones y balances, lejos de mostrarnos la posibilidad de un panorama esperanzador, vuelve a poner a prueba el ya desgastado aguante del país.

Una nueva normalidad fue anunciada desde el gobierno. El presidente dijo que las formas de relacionarnos habían cambiado y se mantendrían por un buen tiempo. Al menos en esto alcanzó el blanco. Pero qué es esta aparente nueva normalidad, sino la que ya teníamos con el plus propio de la enfermedad.

Lo que podría afirmarse totalmente es que los viejos problemas se han adecuado. Es como si hubiesen aprendido a usar mascarilla y lavarse las manos para acompañarnos durante el encierro. Swing, populismo, corrupción e ineficiencia burocrática no han dejado de golpearnos y de desgastar la de por sí voluble confianza en la clase política peruana.

Podríamos recordar con honda nostalgia el día 1, las primeras semanas, el mes y pico en casa aplaudiendo cada noche, y reflexionar por enésima vez sobre las acciones tomadas desde arriba. Si me lo preguntan, aún diría que estas fueron pertinentes y necesarias, claro que en parte. Pero cómo el gobierno se ha ido desenvolviendo, ese es otro asunto.

Se previó que la economía iba a sufrir, pero no se esperó que tanto. De entre los países de la Alianza del Pacífico, el Perú es el más golpeado con una caída de más del 40% del PBI. La gente necesita salir a trabajar y el país, seguir produciendo. Pasar de #YoMeQuedoEnCasa a #PrimeroMiSalud nos muestra ello, sobre todo en un país donde gran cantidad de las personas trabajan para el día.

Y deseo detenerme nuevamente en este punto, que ya he abordado anteriormente en este espacio. La informalidad ha servido como válvula de escape, como una forma de liberar presión en nuestro endeble sistema político y social. Recordemos si no los últimos meses del 2019: mientras varios países de la región enfrentaban crudas protestas, el Perú seguía dentro de los límites de su normalidad. Si bien no es la única, la variable de la informalidad puede explicar ello. 

Sin embago, el gobierno tardó en reconocer la importancia y las características de los informales. O si lo hizo, minimizó el efecto que estos pueden tener en un contexto como este. Si bien tiene sentido el hecho de que se ha ido aprendiendo sobre la marcha, más parece que se ha gobernado a tientas. No quisiera acusar una fatal arrogancia en sentido hayekiano, pero sí una miopía guiada por el aplauso.

Lo último me lleva al nuevo escándalo: la amenaza no tan velada de expropiación. Es increíble cómo el gobierno tiende a querer patear el tablero cuando las cosas no le salen como quisieran. Y es que este tema tan caliente no es nuevo, sino que las negociaciones con las clínicas vienen desde hace más de un mes y aunque ya se estaba a puertas de un acuerdo, vicisitudes burocráticas tan propias de nuestro Estado estancaron el proceso.

Pero no importa que la amenaza haya sido un mero bluff, puesto que se logró un acuerdo casi a la medianoche de ayer. Lo verdaderamente preocupante es que esto afecta la imagen del país tanto a nivel nacional como internacional y da una clara señal de alarma. El tener a un presidente que amenaza con este tipo de medidas, más que mostrar preocupación por el pueblo, muestra falta de estabilidad y predictibilidad. Y no olvidemos el desconocimiento de los contratos sobre los peajes por parte del Congreso. A ver quién querrá invertir en un país con una clase política tan veleta. 

Esto ha sido el broche de oro de los 100 días de cuarentena, o el play de honor de una etapa más sórdida en nuestro camino hacia el bicentenario. Depende de cada quien cómo quiera verlo, pero eso sí, no quitemos los ojos de encima.